¿Hacia un nuevo bloqueo electoral?

A la hora de escribir el título de esta columna, una vez finalizado el debate electoral de este reciente martes noche, he dudado de dejar este título sin o con interrogantes y finalmente he optado por la opción “con” pues no tengo, en el momento de escribir esta columna, la cosas claras. Mi deseo es, por supuesto, que no haya un nuevo bloqueo electoral, deseo seguro compartido por muchísimos, seguramente la mayoría de, electores y quizá también por los principales protagonistas, o sea los candidatos cabezas de lista pues un nuevo bloqueo sería muy malo para nuestra democracia y muy bueno para sus enemigos que los hay y bastantes en nuestro propio vecindario. No hay que darles más argumentos. Ya tienen bastantes, entre los que se inventan y los que les aportan los constitucionalistas. Así que por favor, señoras y señores líderes políticos, extremen sus esfuerzos para lograr un acuerdo de desbloqueo, aunque hay que ser algo pesimistas a este respecto a la vista del debate de esta reciente noche.

El debate tuvo un buen comienzo, impactante, a cargo de Albert Rivera mostrando un poderoso argumento de los “indepes” en los recientes disturbios en varios lugares de Cataluña, Barcelona en vanguardia. Concretamente, un notable (valga el calificativo) adoquín, clara muestra de que allí la violencia no existe como insisten los “indepes”. Deben andar mal de la vista. Curiosamente, el Rey en su visita a la Ciudad Condal por esas mismas fechas manifestaba que “En Cataluña no caben la violencia ni la intolerancia”. Sin duda, lo dicho por el Jefe del Estado es la expresión de un deseo (que no todos comparten allí) mucho más que la descripción de una realidad. Lo que hay que tratar es de convertir ese deseo en realidad normal, diaria. Y eso corresponde fundamentalmente a las autoridades autonómicas, que parece se se dedican a todo lo contrario.

El esperado debate no parece que aportase suficientes indicadores de posibles acercamientos que hagan posible (mucho menos, probable) unas elecciones digamos normales que alejen la pesadilla de una nueva repetición de las mismas. Confiemos en que el buen sentido y la responsabilidad prevalezcan y que, por fin, el día 10 votemos y sea posible y realidad un gobierno que asegure una cierta estabilidad. O sea, que, de una vez, funcione la democracia.

Los intentos de acercamiento no fueron muchos y su éxito más bien escaso. Algunos comentaristas, expertos y medios han insistido en la búsqueda del centro (o sea la moderación) sobre todo a cargo del representante del PSOE, Pedro Sánchez, presidente en funciones, candidato lógico objeto de ataque del resto de candidatos. Entre paréntesis, me llamó la atención y causó mi asombro, una cierta postura como ausente de Sánchez en muchos momentos del debate. Menos asombro me causó esa digamos deriva hacia el centro. Me recordó lo ocurrido tras el nombramiento de González como presidente del Gobierno español tras su primera victoria electoral en 1982. “Nihil novum…”. Moderación, centrismo, prudencia, afuera hay enemigos muy poderosos y al final toda contienda política y por los cambios son temas de Poder (con mayúscula). A buen entendedor… Aquello hizo entender a muchos que una cosa son los programas y la promesas electorales y otra, a veces muy distinta, las políticas aplicadas tras el triunfo electoral. Importante sobre todo para recién llegados a la democracia, caso español.

Pero una cosa es el seguramente mayoritario deseo ciudadano de desbloqueo y otra, al menos hoy, muy diferente de posibilidad de acuerdo. Posibilidad más bien escasa. Lo conocido hasta ahora parece reafirmar lo ya conocido de dos bloques opuestos y sin mayorías suficientes salvo algún improbable (al menos hoy) acuerdo con algún partido del otro bloque que haga posible no solo la formación de un nuevo gobierno sino además asegurarle una cierta estabilidad durante algún tiempo. Porque seguramente peor que no formar un nuevo gobierno sería formar uno que durase, valga la expresión, “menos que un pastel a la puerta de un colegio”. Sería engaño sobre engaño, un duro golpe a la democracia.

En esta compleja coyuntura política, la principal responsabilidad de tratar de encontrar una solución adecuada corresponde al Presidente del Gobierno. Seguramente debería jugar también un papel importante la principal magistratura de la nación, o sea el Jefe del Estado. No soy experto en nuestra Constitución y por ello desconozco si ello es posible. Doctores tiene la iglesia. Porque por su lado, eso que durante la Transición se llamaron “los poderes fácticos”, también jugarán su papel. De eso podemos estar seguros.

En fin, que el debate de los cinco líderes, fue muy interesante y que dejó claras (o, más modestamente, menos confusas) algunas cosas. Destacaré dos preocupaciones, en mi opinión claves. Una, qué hacer con los impuestos. Recordemos que nuestra experiencia muestra que cuando se afirma con rotundidad eso de que “Hay que bajar los impuestos a todos”, la realidad es que se bajan a quienes más tienen y más ganan y nunca a todos. Segundo tema: impresión creciente de que con el desarrollo del Estado de las Autonomías, se ha creado y hecho crecer un monstruo cada vez más difícil de reglamentar de modo de evitar o, al menos, disminuir su creciente insaciabilidad de recursos y competencias y de aumento de las desigualdades. Cataluña está ahí y el País Vasco a la vista. Y eso que se llama el “efecto demostración” es muy malo porque es muy contagioso. ¿Lo iremos viendo?