¿Existe el pujolismo-leninismo?

La noticia se conoció este reciente 15 de mayo. Seguramente fue el diario El País el que, con acertado criterio, le dio la importancia que merecía. Bajo la firma de Dani Cordero en crónica fechada en Barcelona iniciaba la misma afirmando textualmente que “el independentismo ha asestado un duro golpe a la clase empresarial que hasta ahora controlaba las instituciones económicas en Cataluña” mediante “su contundente victoria en las elecciones a la Cámara de Comercio de Barcelona… con una candidatura auspiciada desde la Asamblea Nacional Catalana” (destacado reducto “indepe”, añadimos).

Hay que tener en cuenta que esa Cámara (con la de Madrid la más importante de España) es desde siempre reducto, así como buque insignia de lo más granado de la burguesía catalana, uno de los símbolos y de la realidad de su poder tanto económico como político en nuestro país. Este es el primer aspecto a destacar: el, al menos en principio, inicio de ocupación de ese poder por el movimiento “indepe” que así da un paso más en el “procés” e incrementa su creciente poder. Tema, sin duda, importante. Y así lo demuestran las ya abundantes reacciones producidas tanto en Cataluña como, aunque en menor medida, en el resto de España. De momento.

Esa Cámara ha sido y es todo un símbolo, pero es mucho más que eso, sobre todo en la ciudad de Barcelona así como en Cataluña e incluso en toda España. La Cámara tiene mucho peso en una entidad público-privada, sin duda importante, como es Turismo de Barcelona, así como en la Feria de Barcelona, otra entidad con notable peso económico.

Seguramente lo más destacable es el camino a través del cual se ha producido la victoria de esa candidatura frente a los tradicionales “pesos pesados” que siempre han controlado esa Cámara de Comercio y que han sido derrotados. Según la información citada de El País, esta candidatura, basada en mensajes políticos muy claros (como “Cámaras: herramientas de País”, y “Pronto seremos un nuevo Estado”), logró 31 de los 40 asientos en el Pleno Cameral que se votaban, es decir mayoría absoluta. La gran burguesía ha sido desplazada en gran parte por la mediana y pequeña, mucho más proclive, y ese resultado es una prueba más, a los mensajes secesionistas. Esto se concretó en un dato clave: sólo votó el 4.5% del censo que dieron la victoria a esta opción. Absentismo total sin duda a cargo de los “grandes” empresarios, seguramente parte de ellos también callados y simpatizantes del nacionalismo, y que en el fondo y sin necesidad de significarse con el poder central catalán, optaron por esa ausencia que facilitase el triunfo a la otra candidatura. Tampoco ese comportamiento es novedad alguna. El hecho cierto, y grave, de este evento es el resultado electoral y sus consecuencias.

En los días inmediatamente posteriores a la fallida proclamación de la independencia catalana y al simulacro de referéndum, en esta misma columna semanal insistimos en que estábamos y cito textualmente, en “el inicio de un intento de Golpe de Estado blando y por etapas”. Se trata, decía el artículo, de un Golpe blando, no uno de los tradicionales con alzamientos militares y tanques en las calles como “suprema ratio”. Los “indepes” promotores del mismo y sus compinches sabían de sobra que eso era un intento destinado al fracaso total, y de ahí su astuta opción de un golpe “blando y por etapas”. Concretamente respetando la legalidad al menos en principio y siempre en el borde de la misma, ir ocupando y ampliando posiciones de poder (y lo de la Cámara de Barcelona es un oportuno ejemplo), tanto institucional como en la opinión pública (gran importancia de los “media” a su servicio) y en la calle, contando con el “absentismo” de Madrid, cosa que ocurrió clamorosamente durante el gobierno de Rajoy. Este camino de un golpe blando y por etapas (éstas vendrían definidas por la correlación de fuerzas en cada momento), habría sido pergeñado años atrás (repásense algunos artículos e intervenciones suyas) por el gran estratega Jordi Pujol, quizá inspirado (al menos lejanamente, pues las dos situaciones son muy diferentes aunque algún elemento tienen en común) en el liderazgo de Lenin en el golpe de estado que fue (no fue otra cosa que eso) la conquista del Soviet de Petrogrado (magistralmente narrado por John Reed en su Ten days that shook the world), paso inicial en la Revolución de Octubre. Quizá Jordi Pujol, personaje astuto e ilustrado, y gran amante y “protector de su familia” leyó ese libro y sacó sus conclusiones (de ahí lo de “pujolismo-leninismo”). Insistimos. Estamos en un intento de golpe. No sabemos si tendrá éxito, depende de muchos factores, unos internos, nacionales y otros, externos, destacadamente aunque no sólo, en la UE. Lo que está más claro es que hasta ahora, la mayor parte de la iniciativa, sobre todo en lo interno, la han llevado los secesionistas. El Gobierno español de turno y los sectores que le apoyan en este asunto se han limitado a intentar apagar fuegos, y a respuestas aisladas y faltas de entidad y atractivo. Al menos ha sido así hasta ahora. El mejor ejemplo es este asunto de la Cámara de Comercio de Barcelona. ¿No ha sido posible para su interlocutor en el Gobierno de la nación, es decir el Ministerio de Comercio, tener información de lo que se preparaba y anticiparse a esa movida, hablando con los directivos de la entidad para obtener una respuesta de votación suficiente con números normales para abortar la misma? Asombrosa inoperancia.

No es posible, al menos aquí y ahora, predecir si este intento de golpe que lleva ya tiempo en marcha tendrá éxito. Lo que sí cabe afirmar es que hasta ahora los independentistas siguen llevando la iniciativa y parecería que van ganando, al menos para parte notable de la opinión pública. Esa parece ser la percepción más generalizada que crece conforme se autoalimenta de “éxitos”. Lo que es más seguro es que han “conquistado” núcleos de poder de los que será difícil desalojarlos. Uno de ellos puede ser esa Cámara de Comercio y sus importantes satélites económicos en Barcelona.

Hay sectores políticos, empresariales, en los medios, etc. que insisten en que “hay que dialogar con los independentistas”. Suena bien pero la pregunta es de qué dialogar con quienes no lo quieren, sino que solo quieren imponer sus tesis victimistas y falaces como condición previa, mintiendo además con el cuento de la “voluntad democrática” cuando no son mayoría (y ellos lo saben). Por supuesto que este es un problema muy complejo, de muy difícil y lenta solución. Pero también para encarar y resolver estos problemas está el Gobierno y, más ampliamente, las instituciones de una nación (y eso incluye los partidos en la oposición) que siempre tienen mayor poder (elemento clave) que la otra parte. Deben demostrarlo. Y deben hacerlo ya ante el problema, hoy por hoy, seguramente más grave de nuestra democracia.