Salud democrática y el Poder

El reciente 12 de abril, coincidiendo con el inicio de la campaña electoral y un par de días antes del 14 de abril, aniversario de la Segunda República (casualidades del destino), la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, seguramente la ejecutiva mejor pagada de España (incluyendo ejecutivos), pronunció un largo discurso en la apertura de la Junta General de la entidad. Discurso según algún medio como El País, “con un sorprendente tinte político y marcado acento social”, insistiendo en que los “políticos hablen claro” así como en “la necesidad de huir del cortoplacismo e impulsar una agenda reformista con visión de largo plazo, el crecimiento inclusivo y la cohesión social, que solo es posible si los empresarios invierten y crean empleo” remarcando además la necesidad de, sea quien sea quien gobierne, “un compromiso permanente con la educación”. Todo esto exige, afirmó la oradora, “una economía fuerte y que funcione” con el objetivo de “no sólo crecer sino que ese crecimiento llegue a todos” siendo su receta “sostenibilidad presupuestaria…y solidez y estabilidad institucional, algo crítico si queremos atraer la inversión nacional y extranjera”, abogando por un sector financiero “fuerte y estable”.

Está claro que en esta intervención es mayor el denominado tinte político, en este caso “lo económico” que el social, salvo, claro está que las llamadas a la sostenibilidad presupuestaria se consideren como objetivo netamente social. Sin duda que lo son, pero puede suceder, y se está viendo cada vez más, que ese objetivo económico deseable se consigue con políticas de escaso acento social o, dicho más claramente, antisociales por injustas e inequitativas. El tema no es sólo definir objetivos sino acompañarlos de las medidas a adoptar. Claro está desde luego que ese es el campo de la política pura que llevan a cabo (o deben llevar) los partidos políticos y no es el objeto de una Junta General de accionistas de una (muy poderosa) sociedad anónima. Por ello lo manifestado por la Sra. Botín, especialmente su petición a los políticos de “hablar claro” así como de la “necesidad de huir del cortoplacismo” son totalmente lógicas.

Y merecen la máxima atención. En toda sociedad, en todo proceso social hay un elemento clave, decisivo incluso, que es el del poder. Ocurre por supuesto en sociedades no democráticas y también en la democráticas. Al final, los cambios y transformaciones en las democracias dependen sobre todo de eso que se denomina “la correlación de fuerzas” que es simplemente como se reparte el poder y de eso va la política y también lo que está fuera de la política, pero que existe. Así lo reconocen desde marxistas ilustres, bien duchos en la materia como Lenin analizando los días de la Revolución Rusa (esos diez días que “estremecieron al mundo”), hasta ilustres economistas como el poco sospechoso de marxismo, Paul Krugman, cuando analizando el problema cada vez más actual de la robotización de la economía y los bajos salarios, afirma que ese serio problema poco tiene que ver con la tecnología y “mucho con la política y el poder”. Y como antecedente más próximo y conocido recordemos nuestra Transición cuando se habló de obstáculos y se les denominó, prudente y acertadamente, “poderes fácticos”. Porque haberlos, haylos y todavía, aquí y en toda democracia. Esa Transición tiene un balance positivo pero con insuficiencias, fruto precisamente de esos poderes, algunos hoy muy debilitados pero otros han subsistido resistiendo el paso del tiempo así como la evolución, en todos los aspectos, de la sociedad española.

Esos poderes que, para entendernos podemos denominar el Poder (con mayúscula) sigue existiendo como ocurre en toda colectividad viva y, por ello, sujeta a contradicciones de todo tipo e intensidad. La democracia es conflicto que hay que encauzar y resolver bajo el imperio de la ley.

Es precisamente el poder financiero el considerado en las democracias como el poder más importante. Cada vez más ese poder financiero tiene más numerosas ramificaciones cada una de ellas cada vez más poderosa. Basta echar un vistazo e informarse un poco para ver su enorme y multiforme dimensión. Un simple ejemplo de lo ocurrido en EEUU durante la reciente crisis agravada en 2008 con la caída de Lehman Brothers basta para mostrar el peso de ese poder. Lo que allí ocurrió lo sintetiza perfectamente una frase de Alan Greenspan, gobernador de la Reserva Federal, el banco central más poderoso del mundo. La frase (de 1966) dice así: ”Los riesgos en los mercados financieros, incluyendo los productos derivados, están siendo regulados por el sector privado. No hay nada “per se” en la regulación federal que la haga superior a la regulación por el mercado”. Ahí está todo: mercado libre que regula, no el sector público. Antecedentes lejanos de este fundamentalismo liberal: la escritora Ayn Rand. Más inmediata, además de teóricos como Milton Friedman, Eugene Fama, Robert Lucas destaca, en el campo político, la Thatcher con su dogma de “La sociedad no existe. Existen los individuos”. La culminación con Ronald Reagan: ”Las siete palabras que más temor me inspiran son: soy del gobierno y vengo a ayudar”. Y “el gobierno es el problema”.

Perfecto paisaje: retirada de lo público, mercado a toda máquina. Pero como afirmó Paul Craig Roberts, secretario adjunto del Tesoro en 2008 “el mercado debe ser protegido de la codicia. Fue la codicia, no el mercado lo que fue desatado por la desregulación durante las administraciones Clinton y Bush hijo”. La codicia del Poder para lograr sus objetivos de más poder y más riqueza. Tan antiguo como la historia de la Humanidad. Fue ese poder financiero, el que describe el economista Simon Johnson en un artículo publicado en mayo 2009 con el sintomático título “The silent coup” en el que analiza la reaparición de una oligarquía financiera norteamericana tras la de principios del siglo XX con JPMorgan para desaparecer luego con las regulaciones bancarias del New Deal, (o sea, para desaparecer por el contrapoder de las instituciones públicas).

En resumen: con el brutal incremento del poder financiero por diversos caminos y a través de su acción directa y por sus terminales (medios, Universidades, “gurúes económicos” los denominados “liberales de limusina”,”lobbies”, financiación de las campañas electorales, puertas giratorias, etc) se produce eso que se llama “la captura del regulador”, en este caso la Reserva Federal que capitula ante un poder superior que, a partir de ahí, hace y deshace en nombre del mercado, eso sí “libre”. Lo resume muy bien Johnson afirmando que “la industria financiera del país ganó poder político desarrollando una especie de capital cultural, un sistema de creencias”. Importante observación digna de tenerse en cuenta. Aquí con el reciente caso/escándalo de Bankia con un Banco de España no “desaparecido en combate” (sino algo mucho más vergonzante “desaparecido sin combate”), salvadas las distancias hemos tenido un caso parecido. Digno de tenerse en cuenta, ahora que los vientos ultraliberales soplan más. Frente a los poderes “fácticos”, frente al Poder, es imprescindible para la supervivencia y mejora de la democracia, fortalecer los poderes democráticos.