Sobre imaginarios y realidades (Aquí y ahora)

“En política, los imaginarios son reales, su realidad consiste en su efecto y esto ha sido perfectamente comprendido por la ultraderecha…”(Principios sin repuesto, Alicia García Ruiz en Opinión, El País 5 agosto 2018).Muy interesante y lúcido artículo del que he reproducido la frase que entiendo clave con la que estoy de acuerdo y que me sirve para el comentario que va a continuación.

Lo importante en política (hay que añadir, “y en muchos otros campos de la vida social, o sea la no política” aunque influya en la misma, los límites de separación son muy difusos en la realidad) es así: es clave construir esos imaginarios y añado, dotándolos de entidad suficiente, de vida propia de modo que sean hechos suyos por parte importante de la ciudadanía. Sin esta condición, esos imaginarios languidecen y desaparecen y para nada sirven pues no tienen efecto alguno.

Esto nos remite al tema central, clave en todo proceso de cambio sobre todo en el campo político. Y ese tema central es el de siempre, uno clásico: el tema del poder (quizá sería más apropiado con mayúscula , es decir el Poder).Un analista clásico de este tema, Lenin lo expresó claramente en muchas ocasiones. Dos frases lo resumen. “Salvo el poder, todo es ilusión”. ”El problema central en toda revolución es el del poder”. Aviso: los timoratos o prudentes que no quieran utilizar eso de revolución, tienen la posibilidad de sustituir esa palabra por la de “cambio”, mucho más acorde con nuestros tiempos y realidades (aunque en algunos campos se habla cada vez más de “cambios revolucionarios” o de “revoluciones”.)

Para “fabricar” imaginarios reales, es decir con peso, con arrastre ciudadano y electoral porque de eso se trata, hay que tener poder suficiente. De lo contrario el esfuerzo será inútil con el consiguiente corolario del fracaso y la melancolía. Como tantas veces hemos visto en nuestra reciente vida política. Pero ¿dónde reside ese elemento imprescindible, el poder en nuestras sociedades democráticas? ¿No es incluso contradictorio hablar del mismo, reconocer su existencia en las sociedades abiertas en las que precisamente el poder, ese poder de crear imaginarios potentes, incluso decisivos, no debería existir? La respuesta es sencilla. En un mundo ideal, teórico no debería existir pero en la realidad existe y actúa incluso en las democracias menos criticables. No reconocer esto es una grave estupidez.

Un elemento central en la creación de esos imaginarios reales son, es bien sabido, los medios de comunicación. Los tradicionales, aunque debilitados sin duda por las redes sociales, mantienen su cuota de poder. Un ejemplo reciente aquí y ahora: cuando todos los partidos políticos luchan decididamente por televisiones públicas menos parciales, más neutrales están reconociendo el poder de ese “antiguo” instrumento, a pesar del peso de las redes sociales.

Otro artilugio de creación de imaginarios poderosos son las encuestas de intención de voto. Valga aquí un ejemplo modesto pero vivido en carne propia. En las fechas previas a las últimas elecciones municipales y autonómicas, los medios reproducían las periódicas encuestas del CIS que, entre otros, individualizaban a un partido pequeño UPyD y mostraban una clara tendencia al alza del mismo. Pero en la publicada en fecha inmediatamente anterior al día electoral, UPyD ya no estaba individualizado y se supone iba en el paquete de Otros. Viendo esto, más de uno comprendimos que aquello era una sentencia de muerte para un partido pequeño, en sus comienzos. Y así fue. El imaginario de voto tirado a la papelera funcionó, se hizo real su efecto disuasorio. Misión cumplida. Es un pequeño ejemplo per creo que suficiente porque no es el único. Hay muchos otros y mucho más importantes. La conclusión puede ser que solo crean imaginarios reales quienes tienen poder suficiente y eso tiende a perpetuar ese poder y debilitar más la democracia. El rastro de ese poder influyente, decisivo, lleva a donde siempre: al dinero. Tiene poder quien tiene dinero. Una sociedad crecientemente desigual, con mayor concentración de riqueza está claro que es una sociedad menos democrática que otra con mejor distribución de la riqueza y, por ello, con poder mejor repartido o al menos con posibilidad de mejor reparto del mismo.