La mitad de lo peor

Hay veces en que está claro que si puede suceder lo peor, eso sucede. O al menos, la mitad de lo peor. Esto, que parece un trabalenguas o una adivinanza, es lo que ha sucedido en la reciente moción de censura. Veamos.

Había una cosa imprescindible y urgente que era desalojar a Rajoy y al PP del Gobierno de la nación. Por razones de todo tipo desde morales y éticas, de funcionamiento de las instituciones y de la economía del país (la corrupción sistémica es un claro lastre para el funcionamiento de una economía). Eso era lo principal y eso se ha logrado. Apúntese en el activo del balance. Pero también hay un pasivo cuyo alcance total hoy no se puede conocer, tan solo intuir, pero está claro que puede ser de importancia.

Eso que gráfica y acertadamente se ha denominado como Gobierno Frankenstein presenta numerosos y notables interrogantes y algunas certezas. En mi columna de la semana pasada planteaba precisamente la duda de si el remedio puede ser peor que la enfermedad. Ya tenemos ese remedio en la mesilla de noche, una vez eliminada la causa de la enfermedad, el Gobierno de Rajoy y el PP. Aunque quedan dañinos efectos en todos los órdenes de esa enfermedad.

La primera certeza, de muy notable peso, es la digamos heterogeneidad de las fuerzas que han apoyado la moción de censura y hecho posible su triunfo ¿Cuál va ser a partir de ahora su comportamiento con el Gobierno Sánchez, un Gobierno que de entrada cuenta con unos exiguos 84 escaños del PSOE en el Congreso y esta es la segunda certeza en su pasivo? Su socio más importante en esta aventura es Podemos, con su aporte de 71 escaños y así se lo hecho notar Iglesias repetidas veces al nuevo presidente reclamando un gobierno no monocolor. Seguramente el apoyo de la formación de Iglesias es más fiable que el de los catalanes (véase la bienvenida otorgada por el Presidente de la Generalitat con decorados en su sede oficial, toda una declaración de hostilidad como primera respuesta a la declarada disposición al diálogo por parte de Sánchez en su desequilibrado “debate”, en la moción con el muy duro Tardá). En este tema, tampoco parece fiable la posición final de una formación como Podemos con importantes segmentos “indepes” (algo digamos paradójico en una formación que se declara de izquierda… ¡ay si Lenin y los clásicos levantaran la cabeza!). No obstante, el mayor pasivo que presenta esa formación, como socio de Gobierno, es su imprevisibilidad, fruto muchas veces de su “infantilismo revolucionario” y sus prisas. Quizá se conformen no con Ministerios sino con algunos premios de consolación (hay un montón) donde su acción dogmática sea menos dañina, incluso favorable. Difícil tarea para Sánchez compatibilizar el sumar su apoyo y “neutralizarlos”, para que no asusten demasiado, al mismo tiempo. En la oposición causarían también muchos problemas, quizá más. Pero en fin, nadie dijo que la cosa sería fácil, más bien lo contrario.

Esas dificultades aumentan previsiblemente con los nacionalistas indepes (la especie de los no indepes ya parece extinguida, incluso en el vocabulario que ahora ellos emplean donde se acabaron los eufemismos) en el frente ganador de la moción. La función ya ha empezado de nuevo en la Generalitat redecorada amistosamente en catalán y en inglés, y ya en lontananza nuevos quebraderos de cabeza para el nuevo Presidente, a la vista de la literatura que se va conociendo del nuevo proyecto de Estatuto para el País Vasco con ecos indudables en Navarra. El tiempo que vuelve, el bucle de siempre…

La posible salida menos mala en la situación presente sería la de convocar cuanto antes y con fecha definida elecciones generales y que decida la ciudadanía española.