Cosas que van quedando claras

A estas alturas del “procès” hay cosas que están ya claras, naturalmente para quienes las quieran ver, es decir no para los “cabezas calientes o termocéfalos”. El número de quienes lo ven claro va creciendo conforme las trampas, las mentiras y los errores de los independentistas también crecen en número y en dimensión. Algo de eso se vio ayer con la decepcionante (para los “indepes”) asistencia en la Diada.

Primero, ya está claro, como lo recogen cada vez más opiniones, que estamos presenciando un auténtico golpe de estado. Si un golpe consiste en la sustitución de una legalidad fundamental por otra eso lo proclama el mismo Puigdemont cuando insiste, ya sin eufemismos, que la legalidad española no cuenta, que solo vale lo aprobado recientemente en inolvidable espectáculo por el Parlament. Más claro, agua. El tema clave para los defensores de la Constitución y de la legalidad vigente en España es evitar que este golpe tenga éxito. Ya hay importantes decisiones del Gobierno en marcha, pero no basta con decidir, hay que lograr que lo decidido se aplique y se cumpla.

Segundo, el independentismo puede anotarse un muy “glorioso éxito” entre muchos otros. Es el de haber logrado una división dentro de la sociedad catalana desde luego muy superior a la de antes de la aceleración del “procés”, aceleración de estos últimos años porque ese proceso viene desde muy atrás. División que se hizo visible en actos centrales de Diada desde el rechazo a los denominados “botiflers” ante el monumento a Casanova hasta la orgía de la propia manifestación con la bandera catalana desaparecida (la de todos los catalanes se decía) y sustituida por la de una parte, la “estelada”, pasando por el proclamado “Sí al derecho a decidir” desplazado por el del “Sí a la independencia”. Total que más da que haya gente, seguramente bastante, que quieren “decidir” para votar que no. Se les desprecia, son “los otros”.

Tercero, otro tanto a apuntarse por los independentistas es el lamentable, deprimente o pongan el adjetivo peyorativo que prefieran, espectáculo ofrecido en el Parlament en los plenarios que aprobaron las denominadas leyes básicas que anulan la legalidad española (dicen ellos). El único responsable de esa farsa democrática es el independentismo y en cabeza la sectaria Forcadell, presidenta de ese órgano. Todo un espectáculo de trampas, mentiras y, sobre todo, de violación de la legalidad vigente encabezada por la Constitución y el Estatut catalán.

Cuarto, el nacionalismo es un artefacto que, como muestra repetidas veces la Historia, puede llegar a ser algo muy peligroso. Como dice Ernest Gellner (citado por Benedict Anderson en “Comunidades imaginadas”): “El nacionalismo no es el despertar de las naciones a la autoconciencia: inventa naciones donde no existen”. Con una mezcla astuta de deformación de su historia propia y una dosis permanente de victimismo, el resultado es muy peligroso. Sobre todo si el nacionalismo llega a su “fase infantil” que es el independentismo a toda costa. Aquí y ahora estamos viendo la gravedad de los daños ya causado y los por causar.

Nota final: recomendación de un magnífico artículo hoy martes en El País de Félix Ovejero “El verdadero problema catalán”. Leer por favor. De nada.