Impedir el referéndum o su simulacro

Estas líneas, amable lector, se escriben hoy martes día 5 es decir el día anterior a una muy importante sesión del Parlament en la que, previsiblemente, se debatirá, previa alteración “filibustera” de su Orden del Día, el proyecto de ley del referéndum a ser aprobado sólo por Junts pel Si y la CUP. Es otro paso más, cada uno de ellos cada vez más importantes, en el intento de golpe de estado “blando” como desde hace año y medio (en “El “procés” como intento de golpe”,12 enero 2016) vaticinamos en esta columna. Intento a cargo del gobierno de la Generalitat aunque ahora su Molt Honorable President afirma que lo que es un golpe de estado es que el gobierno de España retire las urnas el próximo 1-O. Tal cual.

Precisamente ese debe ser el objetivo principal del gobierno Rajoy y sus aliados políticos: que no haya referéndum ni simulacro del mismo “estilo 9-N” porque de ocurrir esto sus efectos serían deplorables. En este caso, la participación sería baja pero el triunfo del sí cierto y no olvidemos que para los “indepes” basta el triunfo por un solo voto sea cual sea la participación. Es decir, un ejercicio “democrático” de altísimo nivel, sin precedentes en el mundo salvo quizá en Corea del Norte o en las satrapías del Golfo. En la España de Franco esto de ganar por un solo voto no ocurría… A partir de ese “triunfo” no sería descartable la salida al balcón de la Generalitat del victorioso Puigdemont proclamando la república catalana al “estilo Maciá”.

Es cierto que, a estas alturas con el tema podrido y el gobierno catalán y sus terminales en pleno desvarío pensando que están cerca de la Tierra Prometida donde todo será felicidad, cualquier opción es mala. La reacción esperable de esos sectores en ese caso de suspensión de referéndum o simulacro sería la de aumentar la tensión ciudadana con disturbios callejeros en los que no sería descartable alguna baja entre la ciudadanía. Quizá es hipótesis demasiado pesimista pero hay mucho “termocéfalo” en escena después de muchos años de calentamiento irresponsable como se comprobó por ejemplo en la reciente concentración en Barcelona por las víctimas de los atentados terroristas.

A pesar de todo esto, la opción menos mala es la de impedir el referéndum o simulacro del mismo. Tarea de enorme dificultad para el gobierno de la nación que, con buen criterio, oculta sus cartas (hay que suponer que las tiene). La Generalitat tiene una ventaja: ha demostrado que la legalidad y decir la verdad no le importan lo más mínimo. Está desde hace tiempo instalada en la ilegalidad y la mentira. Con el apoyo de formaciones como Podemos que pretende algo así como la equidistancia con falacias como la del “proceso participativo” o la de la alcaldesa Colau ( a la que en su gestión municipal apoya el PSC de Iceta) sobre las urnas en su ayuntamiento, el más importante con gran diferencia ese día. Con el apoyo tácito, mientras no demuestren lo contrario, de poderes económicos y mediáticos que no quieren perder subvenciones o el favor de la Generalitat así como del de parte (no sabemos cuanta y esto es muy importante) de la ciudadanía que ve en este tema discusiones entre políticos que a ellos no les afecta. Años de concienciación, de dominio ideológico, cultural y mediático del nacionalismo cada vez más omnipresente y agresivo sobre todo en el tiempo más reciente. Toda esa no presencia de España, en la jerga local, del “Estado”, salvo para denigrarla, está aquí y ahora con un peso enorme.

Enfrentamos jornadas difíciles y sin duda dramáticas. Van a durar mucho tiempo. La afirmación de Pedro Sánchez este lunes de “Sin la ley no hay salida pero sin diálogo tampoco” es cierta pero incompleta: le falta lo fundamental, los tiempos. Hoy, la ley: impedir el referéndum o simulacro. Después: diálogo (si es que quieren).