Un mes con Trump

Vale la pena echar la vista atrás cuando se iniciaron las primarias presidenciales en Estados Unidos. Entre cerca de la veintena de candidatos republicanos aparecía Donald Trump, famoso hasta entonces sobre todo por sus apariciones televisivas y su soberbia. Nadie dio un “dime” por ese candidato sorpresa que al final del proceso confirmó esa sorpresa ganando la candidatura y, a continuación, la presidencia del país más poderoso del mundo. Primera bofetada a los eggheads y toda una tropa de opinadores y pronosticadores. Perdió el voto popular pero ganó por el Colegio Electoral. Triunfo inobjetable, así es el sistema (curiosamente aquí se oyen voces que lo critican pero olvidan que aquí nuestro sistema produce parecidas distorsiones injustas).

Un mes de presidencia de Trump, mes pleno de decisiones, nos deja elementos para un primer balance siquiera provisional. Un primer dato es que según las encuestas el apoyo popular, si ha disminuido, ha sido en escasa proporción. Conviene insistir en este punto que a muchos analistas, especialmente de fuera de EEUU, puede sorprender. Trump ni fue el candidato ni es el presidente de los ciudadanos ilustrados de ambas costas y que se informan sobre todo por el New York Times, el Washington Post o la CNN. Es sobre todo el presidente de eso que se llama la América Profunda que integra, aparte de muchos otros norteamericanos, a amplios sectores de trabajadores blancos, los llamados despreciativamente rednecks y que habitan en amplias regiones en crisis. Ahí hay un electorado firme que celebra que cumpla sus promesas electorales precisamente como muestra para ellos de que no es “un político”, es decir un mentiroso sino alguien en quien se puede confiar. Porque además las primeras decisiones adoptadas sean en temas como el repudio del Acuerdo Transpacífico y el aumento de la protección comercial, restricciones a la inmigración así como sus ataques a los medios “elitistas”, sintonizan con gran parte de ese electorado. También le apoya, al menos hasta ahora, Wall Street como lo prueba la marcha del índice Dow Jones con niveles nunca logrados y el sector financiero salivando con el inicio del desmontaje de la ley Dodd-Frank.

Paralelamente a ese apoyo ha ido creciendo en el resto de sectores en Estados Unidos y en la mayor parte del mundo el asombro, horror y rechazo a las decisiones adoptadas hasta el momento por la nueva administración Trump. No es extraño porque sus decisiones, normalmente aderezadas con malos modos, atentan a núcleos centrales de la arquitectura institucional construida tras la Segunda Guerra Mundial. Esa arquitectura que sin duda necesita reformas pero sin duda también que hechas con el mayor acuerdo de las partes implicadas. Pero también es cierto que esa arquitectura es creación sobre todo de la nación más poderosa del orbe y revertir esto no es sencillo, sobre todo si entre los interlocutores europeos hay desacuerdos en bastantes asuntos. Para resistir a Trump y hacerle rectificar hace falta ese imprescindible acuerdo y una firme voluntad de enfrentar al “iluminado”.

Hay dos aspectos que pueden ser más importantes que eso. Uno es la esperable creciente oposición interna por cada vez mayores sectores de la población de Estados Unidos acompañada de medios de comunicación y de sectores empresariales no financieros poderosos que vean amenazados sus intereses. En suma, eso que integra la realidad histórica, social e institucional de un país al que le ha caído encima un cuerpo extraño al que, en algún momento, hay que decir “basta, hasta aquí hemos llegado”. Dos, no es descartable el enfrentamiento de Trump con el partido republicano, hoy todavía fiel pero crecientemente desconcertado por sus políticas y sus decisiones de ignorarlos mediante el empleo creciente de las executive orders. Todo eso puede llevar al planteamiento de un impeachment (destitución) contra el presidente, algo totalmente excepcional en la historia del país. Solo ha habido dos y ambas fracasaron. Pero no descartable porque lo de Trump es algo también “excepcional”.