Un balance desolador

Ese es el resultado de la batalla de Ferraz de este fin de semana. No es exagerado lo de “batalla” ni lo de “desolador”. Los daños que se ha autoinfligido el PSOE son graves. Algunos están ya a la vista, otros se verán cuando la polvareda haya desaparecido. Y otros se producirán previsiblemente cuando, en los próximos días y semanas, este partido tenga que enfrentar decisiones difíciles y muy divididas internamente.

No vale la pena a estas alturas cuando se han escrito ríos de tinta, señalar a los culpables de lo ocurrido. Baste indicar que están en ambos bandos, porque bandos haberlos haylos, los “críticos” y los “oficialistas”. Sería ingenuo y fuera de la realidad ignorar además la presencia en esta crisis de otras fuerzas, externas al partido y muy poderosas. No se trata de hablar de conspiraciones, aunque haberlas haylas, sino de reconocer que siempre hay fuerzas externas a los partidos, sobre todo en momentos decisivos y este es uno de ellos, que defienden sus intereses. Llamémoslas el “establishment” o, recordando la Transición, los “poderes fácticos”. Esos poderes juegan siempre y en este proceso que estalla en Ferraz han jugado un papel central de manera subterránea o más abiertamente con sus medios de comunicación. Negar todo esto es ser un cínico o un marciano. Por cierto, no hay que escandalizarse porque esto, con mayor o menor intensidad, ocurre en todas las democracias.

Ahora estamos donde estamos con Rajoy y el PP como principales beneficiarios del suceso seguidos, a distancia, de Podemos y acompañantes. Innecesario decir que el gran perjudicado es el PSOE. No olvidemos que el electorado castiga las divisiones en los partidos y esta vez esa división ha ido acompañada de un espectáculo a veces increíble pero real. Doble castigo. A esa debilidad hay que añadir toda una serie de medidas internas imprescindibles a adoptar desde sustitución de cargos hasta acuerdos en temas clave en los días inmediatos tratando además de buscar la unidad o, al menos, una cierta armonía interna. Trabajos ciclópeos y urgentes.

La peor opción para el PSOE es la de nuevas elecciones. Sin candidato (¿alguien piensa que, por ejemplo, Susana Díaz perpetraría su suicidio político presentando su candidatura?), con un electorado mayoritariamente harto y dispuesto posiblemente a descargar su ira en ellos y con una militancia dividida y desmoralizada, el resultado sería una catástrofe. Queda así como única opción la abstención en la investidura dejando paso a Rajoy. No cabe pensar en negociar condiciones dado el enorme desequilibrio entre ambos contendientes. Eso se podría y debía haberlo hecho el PSOE tras las primeras elecciones pero ahora no vale la pena llorar por la leche derramada. Tampoco el de la abstención es un camino interno fácil. Se reproducirán previsiblemente las profundas divisiones que cruzan todo el espectro del partido hasta llegar incluso al Grupo Parlamentario al que le compete votar en la sesión de investidura.

Hay que resignarse a otra presidencia de Rajoy y del PP, paradigmas de la corrupción y de políticas antisociales. Afortunadamente, y esta es una diferencia importante, sin mayoría absoluta. Al PSOE le corresponde ser el líder de la oposición, algo que solo podrá hacer si cura bien sus profundas heridas y si es capaz de encontrar un mensaje que ilusione a mucha más gente que hasta ahora, afiliados y votantes. Ambos deberían crecer. Lo tiene difícil, basta echar un vistazo a su electorado actual y a su caída en barrena y porque además la crisis de la socialdemocracia es global como muestra el descenso de votos de todos estos partidos. Hay un rechazo creciente y acelerado a los partidos “instalados” y el PSOE está ahí, lo quieran o no sus dirigentes.

Recordando al replicante Roy en “Blade Runner”, este fin de semana “he visto cosas que vosotros no creeríais”. Hemos visto cosas y seguramente no van a ser las últimas.