Habrá nuevas elecciones (II)

Segunda parte de esta columna de la semana pasada titulada precisamente “Habrá nuevas elecciones”. Es el final esperado de una crónica anunciada para quien así quisiera verlo. La cosa venía de atrás, desde el mismo resultado de las elecciones del pasado 20D. Me voy a permitir, sin que sirva de precedente, reproducir el último párrafo de mi columna del pasado 26 de enero “Cuestión de confianza”: ”La otra opción es la de nuevas elecciones. Tiene claros inconvenientes pero no hay que demonizarla. Es una opción legal, legítima y democrática. Visto el panorama, a fecha de hoy, parece la más probable”.

Bien, no hay que llorar por la leche derramada, hay que pasar página. Primero, no hay que rasgarse las vestiduras ante esta opción de nuevas elecciones. No es una catástrofe, es cosa normal en una democracia. Lo que pasa que aquí no estamos acostumbrados a esto. Una experiencia nueva de la que hay que aprender para la regulación de futuros procesos electorales. Segundo, es cierto que todo esto tiene costes, uno de ellos el gasto electoral. Hay que responder que la democracia cuesta dinero. Tratemos de disminuir ese coste, se puede hacer fácilmente. Otro coste más difícilmente medible y sujeto a interpretaciones varias es el causado por la incertidumbre económica. Seguramente lo hay pero no parece excesivo. Las previsiones económicas son solo eso, previsiones y frente a unas hay otras diferentes. Incluso ¿cuál habría sido el coste de un gobierno débil, con grandes diferencias internas? Porque eso también debe entrar en el análisis.

Dos argumentos en contra de nuevas elecciones han sido el del cansancio y el hastío del elector y el que el nuevo resultado electoral será el mismo. Lo primero es indudable, más a la vista del lamentable espectáculo por parte de los líderes políticos (unos más que otros) y eso seguramente se traducirá en mayor absentismo en las urnas. Lo que no sabemos es cuánto. Lo segundo no es cierto: nadie puede afirmar que el resultado electoral “será el mismo”. Es posible, quizá probable pero no es cierto al menos hasta que se vea. Puede haber pequeñas variaciones pero importantes. Al fin y al cabo estos meses de espectáculo político han servido para que conozcamos mucho mejor a los cabezas de cartel. Seguramente este nuevo voto será más meditado, más afinado.

Era lógico y esperable este final de nuevas elecciones. Por una sencilla razón: las diferencias ideológicas (sí, la ideología todavía subsiste aunque deteriorada) y programáticas entre los cuatro partidos son notables, con núcleos centrales que definen y justifican su identidad. Mucho es negociable (y renunciable) pero no todo. Si se renuncia a todo se está traicionando a sus electores. Estos votan, con la cabeza o con el corazón o con una mezcla de ambos, por la opción política que prefieren y a la que diferencian de las otras.

No nos autoflagelemos, tradicional hábito nacional. Esto no es una catástrofe, es algo que puede suceder en una democracia, forma parte de las reglas del juego. Saquemos conclusiones, enmendemos errores, que los ha habido, y miremos hacia adelante. Eso sí, lo ocurrido no puede volver a repetirse después del próximo junio.