Habrá nuevas elecciones

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Así comienza Marcel Proust “A la búsqueda del tiempo perdido”. Hablando del tiempo perdido y perdóneseme el atrevimiento, incluso la herejía, me permito parafrasear diciendo que “Mucho tiempo” llevo sin leer, ver o escuchar las informaciones de los medios sobre las vicisitudes poselectorales pues creo que está ya todo dicho y hecho. Estoy convencido de que ahí me acompaña un creciente número de conciudadanos.

Más de cien días después de las elecciones generales, crecen, y es lógico, el aburrimiento, el cansancio y también el convencimiento de que habrá nuevas elecciones. Por lo menos así parecen reflejarlo las encuestas que, como ahí se limitan a recoger un estado de ánimo, hay que suponer que serán más fiables y menos manipuladas que las de intención de voto. Una primera enseñanza es que el lapso legal de tiempo es excesivamente largo. Queda cerca de un mes, todavía, hasta la fecha de nueva convocatoria. ¿No existe posibilidad legal de acotarlo y acabar con este “sufrimiento” que a todos perjudica?

Mi impresión es que habrá nuevas elecciones. Frente a una opinión, al parecer mayoritaria, hay que afirmar que esto no es una catástrofe. Un no acuerdo es mejor que un mal acuerdo y está claro que la única posibilidad de acuerdo hoy es un mal acuerdo. Hay que recordar que no se trata sólo de lograr un acuerdo de investidura sino para gobernar, algo muy diferente y mucho más complejo. ¿Valdría un acuerdo de investidura con un gobierno trufado de contradicciones internas que explotasen a los pocos días o meses? ¿No sería eso mucho peor? Nuevas elecciones, el mal menor.

La opción de rechazar esas nuevas elecciones se basa sobre todo en dos premisas. Una, el coste. Dos, los resultados serían iguales. Lo primero es cierto. Hay costes variados desde los puramente electorales hasta los más importantes que son los resultantes de todo tipo de una interinidad sin gobierno durante más de nueve meses. Costes altos sin duda sobre todo si en las segundas elecciones tenemos “la repetición de la jugada” con resultados parecidos. Frente a ello, hay que recordar que la democracia siempre es cara.

Ese segundo argumento de “resultados iguales”, es posible incluso probable pero, y esa es la importante diferencia, no es seguro. Pequeñas variaciones pueden dar lugar a opciones de acuerdos más lógicas y factibles. Esas pequeñas variaciones son probables porque lo ocurrido tras el 20D ha ido permitiendo a muchos electores conocer mejor las puntos programáticos y los comportamientos de las diferentes opciones y decidir cambiar su voto. Hoy los conocemos mucho mejor que ayer.

Hay que recordar también que existen diferencias ideológicas y programáticas entre los partidos y que, por ello, hay puntos, escasos pero ciertos, que difícilmente pueden ser negociados. No todo vale y si fuese así los primeros que lo reprocharían serían sus propios votantes (o muchos de ellos.) Los electores piden acuerdos pero, al menos muchos de ellos, son conscientes de esas limitaciones como lo son los propios partidos. La gente cuando vota no vota pensando en acuerdos posteriores sino que, con la cabeza o con el corazón, vota a los que prefiere o a los que considera un mal menor. Vota a ellos porque quieren que ganen, lo que venga después es otra cosa.