El “procés” como intento de golpe

La portavoz de la CUP, ataviada con una revolucionaria camiseta del movimiento zapatista, tomó la palabra y escenificó el decisivo apoyo de su grupo parlamentario (otra cosa es de su “partido”) a la investidura como presidente de “su” país del representante de un partido burgués, manchado por la corrupción y las políticas más reaccionarias. Quizá pensando en que, en la pura ortodoxia, un paso previo a “la revolución” es una fase burguesa que “agudice las contradicciones”. O que más prosaicamente, como dijo el anterior portavoz Baños, para ayudar a la independencia y a la república que viene de lo que se trata es de “montar el pollo”.

Ya hay por lo tanto, gracias a la CUP, nuevo presidente del gobierno catalán, hay nuevo gobierno y hay, según declaró el mismo en la sesión de investidura, un programa para los próximos dieciocho meses, el mismo programa de Más, definido por la declaración institucional declarada en su momento inconstitucional. Ese programa, nudo central del proceso, busca la “desconexión”, o sea, dicho sin la manipulación ya usual del lenguaje, la independencia de Cataluña.

El procedimiento elegido es el de tratar de ir articulando una legalidad e institucionalidad “catalana” , o sea emanada de lo que apruebe el Parlament, paralela a la española, entendiéndose que si es contraria la primera a la segunda prevalece la primera. El nuevo presidente remarcó que ese proceso sería acorde a “la legalidad” sin especificar a cual se refería pero hay sobradas razones para suponer que quiere decir a la legalidad “catalana”. La otra ni existe para estos aventureros. Lo han dicho por activa y por pasiva, como han dicho que tienen un “mandato democrático del pueblo” para establecer ese nuevo marco.

Ese intento de establecer una especie de “poder paralelo” por disparatado que parezca y sea ese objetivo, puede calificarse como un intento de golpe de estado. No se trata por supuesto de un golpe “clásico” con tanques en las calles. Eso está pasado de moda, a nadie se le ocurre salvo en destinos estratégicos en los que las apuestas desbordan ampliamente el país de que se trate, caso de Egipto o Tailandia o en estados fallidos caso de África Subsahariana. Estamos en nuestro caso en un intento de golpe de estado que podemos calificar de “blando” o “por secretaría”, mediante acuerdos y papeles. No estamos ante un golpe, eso hay que remarcarlo. Estamos ante “un intento” porque estamos en el inicio de un difícil “procés” para sus inspiradores y actores.

Corresponde a los poderes legítimos del estado abortar este disparatado intento, ese “pronunciamiento” como ha sido calificado por medios extranjeros, pensando sin duda en nuestros agitados siglo XIX y parte del XX. Para cortar este intento, el estado cuenta con muy amplios poderes, los de todo estado moderno. Lo primero es tener la credibilidad suficiente para transmitir la certeza de que se van a utilizar y segundo hacerlo llegado el caso. Contar además con un importante respaldo de la ciudadanía, de los partidos y de los actores más representativos de la sociedad civil desde medios hasta agentes sociales es imprescindible. Como lo es el respaldo de la UE y de los gobiernos occidentales. Como también lo es el respaldo sin fisuras a los sectores de la población catalana, sin duda más de la mitad, que están en contra del “procés”. Ya está bien de hablar en nombre del “pueblo catalán” como si fuera un todo homogéneo cuando todos sabemos que no es así. Por algo, han tratado desesperadamente de evitar nuevas elecciones tras la derrota en las últimas. A destacar que las recientes concentraciones de la ANC han sido un fracaso.

Se dice que “hay que dialogar”. De acuerdo pero ¿sobre qué se dialoga? ¿Ha mostrado el Gobierno de Mas alguna disposición al diálogo o ha seguido con sus decisiones al margen de la legalidad que a todos obliga y con sus mentiras, falacias y ataques? Los comienzos del nuevo Gobierno no son muy esperanzadores pero habrá que esperar e ir viendo. Pero lo más probable es que la situación empeore y que lleguen momentos decisivos. La gran pregunta es si un Gobierno como el gobierno Rajoy desacreditado ante la mayoría y en funciones puede encarar esos tremendos retos.