Tsipras y los tozudos hechos

Tsipras tiene esta vez una “ventaja” que no deja de ser importante: ya sabe la política que ha de aplicar, incluyendo procedimientos y calendarios. Toda una hoja de ruta muy detalladita. La dura realidad se impone (la verdad es que ya se impuso tras el referéndum que “ganó”) en forma de lo que mande no ya la “troika” ni las instituciones sino el “cuarteto” (no querías tres tazas, pues toma cuatro). El todopoderoso delegado del cuarteto en Atenas debe aprobar previamente cualquier medida. Para facilitarle la vida parece que se crea una especie de ministerio para el rescate que se supone será su interlocutor y ejecutor de sus órdenes.

Que la victoria de Tsipras, en medio de una normal alta abstención fruto de la “fatiga electoral” y el escepticismo general, ha sido recibida con alborozo en las capitales comunitarias no hay ninguna duda. Aunque enseguida, lo primero, se lo ha recordado Juncker “Hay prisa, a trabajar, hay muchas cosas que hacer”. Más importante es que esa victoria ha sido recibida con incluso entusiasmo por los famosos mercados, árbitros finales. Así lo prueban las subidas en las bolsas (salvo en la de Atenas, dato interesante) y en la mejora de la prima de riesgo.

Así pues, bienvenido Mr. Tsipras, una vez archivados sus planteamientos utópicos y antisistema. Porque además se ha desembarazado de Varoufakis que vaticina que este tercer rescate no funcionará y no es descartable que acierte. Aunque siempre quedarán para consumo interno ramalazos de demagogia que hagan más tragable a la ciudadanía las medidas de austeridad que si las mismas fueran aplicadas por la derecha, siempre menos romántica en sus “relatos” (y de esto tenemos experiencias en nuestro país, desde el gobierno PSOE a partir del 82 o con Zapatero).

Hasta 1980, fecha en que comienzan los reinados de Thatcher y Reagan y el de la globalización y el capitalismo especulativo o de casino, los intentos de políticas económicas autónomas eran, dentro de un límite y en teoría, factibles. Si ese límite se sobrepasaba siempre quedaba el recurso al golpe militar y Chile en 1973 es el paradigma. Pero esta opción se convierte en algo de mal gusto y es reemplazada por esa globalización y esas doctrinas que además cuentan con el respaldo creciente de la socialdemocracia. En 1980 esas fuerzas obligan a Mitterrand a dar un giro de 180 grados como hace Felipe González aquí a partir del 82.

Ese es el terreno de juego en el que hay que jugar. Pretender cambiarlo radicalmente es un esfuerzo vano de esos que, como decía Ortega, conducen a la melancolía. La experiencia griega, no la única sí hasta el momento la última, lo demuestra. Como siempre para el que quiera verlo. Los que no quieran verlo, podrán seguir haciendo cabriolas. Lo que sí caben son reformas parciales, que, como se ha dicho tantas veces, “humanicen el sistema”. Eso sí, siempre que no toquen el núcleo del mismo.