El silencio y la equidistancia

Parece claro que eso que se llama “el pruces”, léase el camino que según sus patrocinadores debe llevar a la independencia de Cataluña, es ya el problema central que enfrentamos. ( En el creciente proceso de ocultación y envilecimiento del lenguaje, ese “pruces”, concepto aparentemente neutro que trata de limar aristas es algo parecido, solo en ese sentido de ocultación, a lo que hace años se denominó “ el conflicto” en el País Vasco).

El choque de trenes está ahí, está llegando. Las opciones de uno y otro lado están definidas y en lo que nos queda hasta el 27 de septiembre no es posible pensar en modificaciones en las mismas. Ambas partes van a tratar de lograr en estas elecciones, legalmente autonómicas pero en la realidad y en las percepciones dentro y fuera plebiscitarias, el mejor resultado posible para el día siguiente. Acumular fuerzas se llama la cosa. Esta es una primera e importante conclusión.

A ese día clave llegan los independentistas con ventaja. Una ventaja adquirida durante años, especialmente los últimos. Pero no solo los últimos. Un tema clave es el de la enseñanza. La normalización y la inmersión (nombres ya por sí sospechosos) han permitido, conjuntamente con el sectarismo de los dominantes medios públicos catalanes seguido por gran parte de la prensa “concertada” vía subvenciones transparentes y ocultas, ir modelando conciencias, creencias y decisiones. En este sentido, estas elecciones no son limpias.

Frente a eso, los no independentistas o constitucionalistas, salvo contadas excepciones que van ampliándose estos días, han optado o por el silencio o por la equidistancia. Las dos son claramente insuficientes ante un adversario político que ha recurrido a toda clase de malas artes desde la mentira y la calumnia hasta la permanente falsificación de la historia y de los números y el siempre presente victimismo. Se han hecho realidad clara los axiomas de que la nación es una creación de los nacionalistas y que el nacionalismo necesita para prosperar crear un enemigo al que odiar.

El silencio ha sido (y lo sigue siendo, salvo mínimas excepciones recientes) clamoroso en el gran empresariado catalán. Como mucho, declaraciones vergonzantes difíciles de descifrar. Frente a ello, una parte de la pequeña empresa que depende en gran medida de los favores del presupuesto y decisiones de la Generalitat, ha manifestado su apoyo al “pruces”.

Además del silencio, la equidistancia y en ella están los que reparten culpa por igual a Madrid y a la Generalitat. Sin duda que el Gobierno de la nación, el de Zapatero y el de Rajoy (por no remontarnos a González y Aznar con su tanto de culpa) han cometido errores, el principal dejar a la Generalitat llevar siempre la iniciativa. Pero el juego sucio del Gobierno catalán no tiene parangón y ahí no cabe la equidistancia. La equidistancia se busca también en esos intentos para la galería de hablar de grandes conceptos pero no definirlos. Por ejemplo, ¿qué se quiere decir cuando se habla de respetar la “singularidad” de Cataluña? ¿O cuando se habla del respeto a su lengua? ¿No está suficientemente “respetada” con la discriminación allí al castellano, situación reconocida por todos? ¿O cuando se aboga por una reforma federal sin explicitar que lo que se busca es un federalismo asimétrico?

Vamos a vivir horas dramáticas y difíciles. Seguramente nadie es capaz de prever lo que va a pasa tras el próximo 27. Lo que parece estar claro es que algo pasará y no será bueno. Continuación, es de temer que ampliada, del daño causado hasta hoy por el mesianismo nacionalista entre catalanes y españoles y también entre catalanes. Heridas profundas siempre difíciles y lentas de restañar.