Nuevos Ayuntamientos, Ayuntamientos nuevos

Ya tenemos nuevos Ayuntamientos. También son Ayuntamientos nuevos. No es un juego de palabras. Nuevos Ayuntamientos: se ha producido el relevo normal en los mismos según previsiones legales. Al mismo tiempo, son Ayuntamientos nuevos porque, en muchos de ellos, cualquier parecido con los anteriores es pura casualidad. Al menos así lo afirman muchos de los “entrantes” que hablan de “rescatar a la ciudadanía”, de “transparencia”, de “abrir las puertas a la gente”, incluso “al pueblo”.

Esperemos los hechos y juzguemos entonces. Las proclamas son fáciles. La historia del concejal de Cultura de Madrid, incontinente e imprudente “tuitero”, no resulta edificante y puede ser un ejemplo de selección inversa. Está claro que es alguien que sobra también como concejal. Es de temer que sea el primer caso pero no el único y que el espectáculo de estos Ayuntamientos nuevos no haya hecho más que empezar. Ojalá que no sea así. Por el bien de todos, ya que un Ayuntamiento es una institución clave en toda democracia.

Esta verdadera “revolución local” (también autonómica) se ha producido, al menos en gran parte, porque una parte de la ciudadanía, no toda, he expresado mediante el voto o la abstención su rechazo a determinadas formas de hacer política y, sobre todo, a la corrupción institucionalizada. Tarde pero llega y ojalá siga siendo así.
Pero no todo es felicidad. La composición de estos Ayuntamientos nuevos, tras negociaciones que no han sido ejemplo de transparencia ni de nuevas formas de hacer política, presenta muchas incógnitas, por otra parte propias de un tiempo nuevo. Entramos en muchos casos en “terra incognita”.

Una incógnita es la gobernabilidad en manos de coaliciones de dos, tres, hasta cuatro partidos, incluso en algún Ayuntamiento importante con un sistema de relevos bianual. En otros casos, como el muy importante de Barcelona, con un alcaldesa en franca minoría. Eso en teoría no es bueno ni malo. El balance en la práctica de las mayorías absolutas y con la misma persona durante años y años es desfavorable. La experiencia, mucho menos abundante, de las coaliciones tampoco es estimulante. Pero es bueno que haya que ir acostumbrándose a ellas, tanto los administradores como por los administrados.

Segunda incógnita es la capacidad y aptitud de algunos de los llamados a dirigir estas instituciones. Para una buena gestión no valen los “slogans” ni la soberbia, la agitación social o la pretendida “superioridad moral” de algunos, no muchos afortunadamente. Ni basta por ejemplo ser secretario de alguna agrupación local de un partido para dar ese salto a gestionar instituciones complejas, con notables presupuestos y con gran impacto en la vida de los vecinos. No son descartables, tampoco es seguro por cierto, disfunciones, errores en esa gestión a la vista de la preparación y experiencia de algunos. ¿Qué coste tiene eso? Difícil medirlo pero hay, con certeza, un coste económico y social.