El fin de una etapa

Escribe Javier Cercas (“Sin el Rey no habría democracia”, El País 3 de junio) que “prefiero mil veces vivir en una monarquía como la sueca que en una república como la siria”. Naturalmente y yo también, y seguro que el cien por cien de los encuestados. Pero esa no es la comparación, ese es un recurso tramposo.

Por supuesto que hay repúblicas nada o escasamente democráticas y monarquías plenamente democráticas. De lo que se deduce, correctamente, que no es tan importante la forma como el contenido. Lo fundamental es un Estado, sea monarquía o república, que incluya todos los elementos que configuran una democracia.

Nuestra democracia, a pesar del enorme deterioro institucional de estos últimos años, puede ser calificada como tal. A pesar, repitamos, del enorme deterioro en estos últimos años, deterioro encabezado por la propia jefatura del Estado como ha sido reconocido por todos, con la excepción de los aduladores de siempre.

Un argumento, casi “el” argumento, que se usa para rechazar a quienes piden un referéndum ahora sobre la forma de estado (“Monarquía o República”) es que el pueblo español ya optó al aprobar la vigente Constitución. Pero eso también tiene trampa. Quienes vivimos la transición y quienes conozcan la época saben que no hubo debate y que ese tema iba “envuelto” en uno mucho más amplio como era el de liquidar el Régimen franquista, situación además en que los partidarios de la República estaban en posición enormemente débil por razones obvias. Enfrente estaba el Poder, así con mayúscula. El Poder que, sagazmente, sacrificó elementos accesorios para mantener los esenciales y uno de ellos era la Monarquía aunque su origen fuera el 18 de julio.

Plantear esa opción de forma de estado a la ciudadanía no es un disparate como algunos pretenden, al contrario. Pero debe hacerse en el momento adecuado y por el procedimiento previsto en las leyes. Hoy no parece ese momento, instalados como estamos en una crisis sistémica. El procedimiento no es un referéndum sino una reforma constitucional, algo por otra parte absolutamente imprescindible para lograr una auténtica y necesaria regeneración de nuestra deteriorada democracia, con vicios de origen en la mitificada transición, incrementados por un bipartidismo que configura un segundo Régimen. Es en ese momento cuando se debe incluir la realización de una consulta sobre ese tema. Consulta que fortalecería la institución monárquica porque, más que probablemente, el resultado le sería favorable. Basta echar un vistazo desapasionado a las fuerzas en presencia.

Se cierra una etapa y se abre otra. La primera con más luces que sombras aunque estas mucho más recientes y que por eso pesan más en el imaginario colectivo. Queda por delante una enorme y muy difícil tarea. De regeneración democrática y plena realización de la ciudadanía.