Unión Europea: muchos riesgos

Desde el 1 de enero, un país en quiebra, Grecia preside la Unión Europea. Ironías del destino, carambolas de una unión que está provocando un creciente rechazo a la misma de parte creciente de sus ciudadanos, hartos de desgracias. Claro que como sin duda piensan otros como ucranios (al menos una parte de ellos), croatas, serbios, incluso algunos (cada vez menos) turcos, mejor se está dentro que fuera. Así es el ser humano que no valora lo que tiene y solo lo valora cuando lo pierde.

Grecia sigue siendo el eslabón débil de una unión monetaria mal diseñada y muy mal gestionada. Todo parecía perfecto hasta que la crisis que se inicia en 2007-08 en EEUU cruza el Atlántico y su choque, un clásico choque externo, saca a la luz las graves debilidades estructurales del invento. Un invento basado en el arbitrismo de unos líderes que antepusieron a cualquier racionalidad su deseo de pasar a la historia (y lo han logrado) y echaron a andar, sin unas mínimas bases desde un tesoro común hasta un presupuesto global por encima del actual ridículo del uno por ciento del PIB comunitario pasando por una unión fiscal o, al menos, una cierta aproximación en ese campo. Se pensó, aunque se escucharon algunas y autorizadas voces en contrario, que aquella denominada “convergencia nominal” basada en varios indicadores bastaría para homogeneizar economías tan diferentes como las del norte ( los virtuosos) y del sur ( los réprobos) del Continente, algo que se agudizó con el ingreso al club del euro de Grecia, una broma geoestratégica de mal gusto porque para colmo falsificó, con la impagable ayuda de Goldman Sachs, los indicadores lo que le permitió aprobar el examen de entrada. Las semillas del desastre estaban implantadas, sólo faltaba esperar.

Han transcurrido más de cinco años desde el comienzo de la crisis. Nadie puede decir seriamente que el proyecto de la Unión está a salvo. Hoy lo sostiene en realidad el BCE y sus decisiones contempladas con recelo por los tres poderes constitucionales de Alemania. Cierto que ha habido avances pero cada avance es un mundo de discusiones, de pasos adelante y pasos atrás, de medidas que se aprueban pero no se aplican, todo ello al ritmo que marca Alemania país cuyo absoluto dominio es cada vez más claro e incontestable. Queda tanto por hacer para tratar de alcanzar un esquema sostenible y esos ritmos son tan lentos que es más que probable que algo ocurra que sea una catástrofe. Por ejemplo, lo que vaya a pasar este año con Grecia.

Lo que es cierto, y eso no son opiniones o conjeturas sino hechos ciertos, es el enorme coste social que todo esto está suponiendo. Coste social medido en términos de retroceso de la riqueza colectiva y de servicios sociales y de aumento de la pobreza, marginación y desigualdad en capas crecientes, más del veinte por ciento del total de la población europea. La etiqueta de economía social de mercado, de la dimensión social de la economía europea, del estado del bienestar frente al capitalismo salvaje anglo está desapareciendo si es que no ha desaparecido ya. Se van esfumando las sociedades cohesionadas, las sociedades con movilidad de abajo a arriba y dejan paso al malestar social, a la beneficencia y al auge del racismo, la xenofobia y la extrema derecha con sus “soluciones milagrosas”. Algo de esto es de temer que veremos en las próximas elecciones al Europarlamento. Ojalá nos equivoquemos. Pero hay que trabajar mucho para evitarlo.