Son las instituciones, estúpido

El “caso Bárcenas” se convirtió, a partir de las no declaraciones y no acción del presidente del Gobierno este fin de semana, en el “caso Rajoy”. Desde ahora, amenaza con convertirse en el “caso España”. Algunos indicadores recientes son la caída ayer de la Bolsa y el alza de la prima de riesgo en lo que juegan claramente factores de incertidumbre política. O un descarnado editorial de este lunes del Financial Times en el que se afirma que “casi todas las instituciones, de la Monarquía a la Judicatura, muestran señales de putrefacción”. El eco del “corruption scandal” como lo definió la CNN, ha sido importante en los medios extranjeros.

Esta situación de emergencia crítica no se puede encarar ni pretender resolver con un simple cambio de persona al frente del Gobierno. Las declaraciones de Rubalcaba consiguieron lo que quería, titulares en los medios. Pero a partir de ahí ¿qué? ¿Más de lo mismo, palabrería y reproches mutuos entre los dos partidos cada vez más viejos que, según recientes encuestas, llegan escasamente a la mitad de los votantes? La hora de la verborrea, de los ofrecimientos de pactos ha pasado. El diagnóstico y los remedios están claros, falta la decisión política.

Es en la institucionalidad donde está el problema, es ahí donde hay que actuar de manera rápida y decidida. La institucionalidad instalada por la Constitución ya no sirve. Hay que ir a una refundación del Estado y a una regeneración de nuestra deteriorada democracia. Eso quiere decir política y es ahí donde hay que trabajar, desechando mensajes mesiánicos que protestan (y eso indudablemente es valioso y es lógico) pero que son incapaces de construir algo (y eso, obviamente, no vale para nada).

Detrás de las instituciones hay, naturalmente, personas con poderes, intereses, clientelas, privilegios. La institucionalidad de la vigente Constitución y sus normas de desarrollo valió para el origen pero luego ha sido ocupada por esos grupos, unos políticos (PP, PSOE y nacionalistas, éstos en sus feudos) y empresariales (la élite económico-financiera y medios de comunicación), que las consideran suyas y las utilizan para su beneficio, una gran parte de las veces con procedimientos poco éticos o delictivos. Eso es lo que se llama corrupción, tanto pública como privada.

Mientras la economía crecía y el bienestar colectivo, aunque injustamente repartido, aumentaba, estas lacras estaban ocultas salvo para algunas voces discordantes, siempre ninguneadas por los que mandan, es decir el “establishment”, los “poderes fácticos” que se decía en la transición y que siguen ahí. Cuando el castillo de naipes, construido sobre todo por el despilfarro empresarial con la connivencia de la corrupción política, se viene abajo, las miserias salen a la luz y las contradicciones sociales se agudizan.

En esas estamos. ¿Hay salida? La hay, aunque es muy difícil. Pero es imprescindible si queremos intentar resolver los problemas de esta crisis que es integral, económica, social, política, de valores. Sólo desde la política se puede intentar resolver. Política que quiere decir dirigentes (no sólo políticos) honestos y capaces e, igualmente importante, ciudadanía exigente, consciente de su peso y de su responsabilidad. Eso que se llama sociedad civil pero sociedad civil auténtica, responsable, no cuatro mangantes autodesignados. Y que entre todos sean capaces de establecer una nueva institucionalidad, un nuevo Estado presidido por la confianza (intangible imprescindible en una sociedad, algo que hoy existe cada vez menos) y con un sistema de premios y sanciones a la hora de votar y en el que no exista la lacra de la impunidad ni política ni judicial.