Competitividad y devaluación interna

Simplificando, competitividad es la capacidad de competir por parte de una empresa en los mercados interno y externo. Se traduce en vender más que sus competidores. Esas mayores ventas suponen mayor demanda del factor trabajo. Todo esto es una estilización de hechos pero en su línea gruesa vale y de ahí la preponderancia de este vocablo, el de la competitividad de las empresas y, por ampliación, de un país, en la terminología actual política y económica. No hay discurso en el que no aparezca este vocablo mágico.

Devaluación interna supone la compresión salarial y de los precios finales de un producto como sucedáneo de la, ya desaparecida en muchos países, devaluación “normal”, es decir la modificación a la baja del tipo de cambio. Sólo devaluando internamente una empresa o un país pueden aspirar a ser o a recuperar capacidad de competir. Así se cierra el círculo, al menos en la teoría.

La aplicación de este planteamiento lo estamos experimentando en nuestro país desde hace cerca ya de cinco años al explotar la actual crisis. La teoría es muy bonita, la práctica, como suele ocurrir con las teorías económicas, depara sorpresas y naturalmente tiene costes, sobre todo para muchos.

Si recuerdo bien, hace años la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina, CEPAL, habló en sus informes de “competitividad espúrea”. Definía así a la que se logra a base de reducir costes salariales y, con ello, el nivel de vida de un país. Estamos así, aquí y ahora, ante un caso claro de competitividad espúrea. Se deteriora el nivel de vida pero somos más competitivos.

Este proceso tiene un límite en el tiempo. ¿Cabe pensar en una reducción salarial tal que permita a los productos de nuestras empresas competir en el segmento del comercio mundial de salarios reducidos? ¿Es ese nuestro nicho de mercado? ¿Cuánto tiempo dura y se aguanta este proceso de deterioro?

El error consiste en basar la competitividad sólo en el factor precio del producto cuando esa cualidad, concretamente en las economía más avanzadas, depende de ese factor pero no es el único ni siquiera es el más importante. Tienen más peso otros factores que van desde calidad, prestigio y sofisticación del producto (y de la empresa que lo vende y del país del que viene, la tan manida “Marca”) hasta la seriedad comercial, servicio posventa y otros elementos tangibles e intangibles que determinan nichos de mercados diferentes y diferenciados en sectores de demanda mundial dinámica. Todo eso configura la auténtica competitividad,

Estamos muy lejos de lo anterior. Lo estábamos antes del inicio de la crisis y ahora lo seguimos estando. Hay muchos factores que lo explican. Uno, frecuentemente olvidado, es el de la insuficiente capacidad empresarial del país, serio lastre a pesar de los progresos. La deficiente estructura exportadora en lo que se refiere a mercados (escasa diversificación), sectores (pocos de tecnología avanzada y demanda dinámica) y empresas (muy bajo número de empresas internacionalizadas) es la mejor muestra de eso. Queda mucho por hacer.