Romney: ¿De Tampa a la derrota final?

La Convención republicana en Tampa (Florida), bajo un desastre atmosférico quizá preludio de un desastre electoral en noviembre, se va a cerrar sin sorpresa alguna. Muy atrás quedan aquellas Convenciones, republicanas o demócratas, con más de un candidato presidencial y con alguna sorpresa final. Esta vez el “ticket” Romney-Ryan sale.

El candidato presidencial Mitt Romney, ganador en unas primarias no por su fortaleza (escasa) como por la debilidad, incluso insignificancia de sus rivales, sigue cuestionado por millones de potenciales votantes republicanos. Todavía muchísimos norteamericanos se hacen la misma pregunta que el semanario británico The Economist le dirige esta semana en su portada: “¿Mitt, en qué crees, realmente?” El propio candidato, paradigma de lo que allí se denomina como “candidato flip-flop”, no sabría dar una respuesta convincente en temas clave.

Frente a un partido en el que la ultraderecha del “Tea Party” es muy importante lo que ha hecho Romney es reforzar ese ala con su candidato a la vicepresidencia, Paul Ryan. Este sí que gusta a esos conservadores fanáticos del darwinismo social, del Estado (federal) reducido a la mínima expresión y siempre con las tres G´s en su frontispicio: God (por encima de todo), Guns (sin limitaciones), Gays (en contra).

A pesar de todo, Obama lo va a tener difícil. Su campaña empieza con un respaldo popular inferior al cincuenta por ciento y con un desempleo superior al ocho. Ningún presidente que empezó así, renovó. Pero los precedentes están ahí para ser rotos y, además y más importante, el candidato republicano es muy malo, es mormón (anatema para millones de evangélicos), es distante  y frío (“not likeable”, tema muy importante como se vio en 2004 con Kerry) y su acompañante es demasiado conservador incluso en un país tan conservador como Estados Unidos.

Como siempre el resultado en noviembre depende de poco más de media docena de Estados, los “swing” con, como tradicionalmente, Ohio a la cabeza. Para ser presidente hay que ganar allí. Y para ganar esos Estados lo primero que hace falta es algo que es, desde hace años, lo más importante en todas las contiendas electorales: dinero, concretamente dinero privado que este año alcanzará los dos mil millones de dólares. Una sentencia de hace año y medio del Tribunal Supremo acabó con las ficticias limitaciones y falsas distinciones entre “hard y soft money”. A su sombra han florecido los “Super PACs” que canalizan fondos ingentes, la mayor parte de las grandes empresas.

Este mecanismo, sin duda uno de los grandes agujeros de esta democracia, lo definió perfectamente el senador republicano Boies Penrose: “Creo en la división del trabajo. Vosotros (las grandes empresas) nos enviáis al Congreso, nosotros aprobamos leyes que os permiten ganar dinero… y de esos beneficios vosotros contribuís con vuestros fondos a nuestras campañas, para mandarnos otra vez al Congreso y allí aprobar más leyes que os permitan ganar más dinero”. Esta impecable descripción del sistema es de 1896. Hoy sigue vigente y perfeccionado.