Hacia la intervención total

Estamos, se nos dice, en una semana decisiva. No es la primera vez que, en los últimos días, hemos oído esa afirmación. Alguna vez será cierta como cierto es que esta vez, dados los niveles de la prima de riesgo y de los CDS, la caída de la bolsa de Madrid a niveles de hace más de diez años y el grado de pesimismo que, dentro y fuera, nos rodea acerca de nuestro porvenir más inmediato, enfrentamos días decisivos. Ha habido un cambio cualitativo de trascendencia y es que ya no se habla mayoritariamente de si habrá o no rescate de nuestra economía sino de cuando será y qué forma tendrá.

Hemos entrado en una nueva etapa y si uno mira el espejo de Grecia y analiza las consecuencias de eso que se llama rescate hay graves razones para preocuparse y mucho. ¿Por qué hablan de rescate cuando quieren decir hundimiento? Veamos muy resumidamente la historia griega. El plan de la “Troika” era el de un decrecimiento del PIB del 2.6 % en 2010 al que seguiría, gracias a las medidas del plan, un círculo virtuoso y el anhelado crecimiento: 1.1 (2011), 2.1 (2012) y de ahí para arriba. La realidad es muy diferente: decrecimiento del 6.9 en 2011 y previsto del 6.7 el año en curso. El país está instalado en el temible círculo vicioso al decrecer el PIB más rápidamente que la deuda y el déficit sigue en el 9 % del PIB. Normal: el PIB decrece, bajan los ingresos públicos, aunque el monto total de la deuda decrezca su proporción permanece. No se sale de la trampa por las brutales políticas contractivas. Una vez más, la famosa austeridad expansionista, base del esquema, no funciona.

En vísperas de la periódica inspección de la “Troika”, Grecia incumple más de doscientos objetivos marcados por la misma. Resultado: Grecia es considerado ya un caso perdido y se empieza a descontar su salida del euro y su vuelta a la dracma.

Parece ir dominando la idea, respecto de nuestro país, que la desconfianza reinante obedece no tanto a la incapacidad de alcanzar los prácticamente inalcanzables objetivos programados de déficit como a la certeza de la incapacidad de nuestra economía para crecer y, correlativamente, pagar sus deudas de coste cada vez mayor. Estamos instalados en una situación endemoniada: mal si no cumplimos los objetivos de déficit, peor si se cumplen porque eso asegura la depresión.

No hay que esperar una intervención “salvadora” del BCE. “Salvadora” porque la experiencia ha mostrado que esas intervenciones están siendo meros parches, un intento de ganar tiempo para seguir arrastrando los pies. Por todo ello parece que nuestro porvenir más inmediato es una intervención más completa y formal que la de ahora, con condiciones más estrictas y dolorosas que harán que la crisis se prolongue varios años más. Hemos visto ya cosas inesperadas e inimaginables. Parafraseando a Reagan (con perdón) cuando terminó su primer mandato: “Uds. no han visto nada todavía”.