El elefante en la habitación

“The elephant in the room”. Se trata de una expresión anglo que hace referencia a la existencia de un grave problema que se quiere ignorar. Mirando hacia otra parte, como si no existiera. Pues bien, en nuestro país, aquí y ahora, tenemos un descomunal elefante en nuestra habitación que se quiere ignorar, no tanto por los ciudadanos, como por la gran mayoría de los dirigentes tanto políticos como económicos y mediáticos.

El elefante es una descomunal crisis que además continúa agravándose. No se quiere ver que ese elefante, esa crisis no es sólo económica y social sino que es algo mucho más amplio. Es una crisis institucional acompañada de una crisis ética, de valores. Precisamente ese diagnóstico equivocado, ese no querer ver el elefante, es lo que dificulta, incluso impide, la solución.

La institucionalidad establecida en la vigente Constitución está agotada en muchos aspectos. No sirve y hay que cambiarla. No es un drama ni una tragedia, es una realidad que, primero, hay que reconocer. No se trata aquí de hacer un recuento de temas pero hay uno que destaca sobre los demás y que hoy es reconocido, dentro y fuera de nuestro país, como el mejor ejemplo de esa institucionalidad fallida. Se trata de la configuración actual del Estado autonómico. Dos reflexiones. Una, el principio de la descentralización política, aunque insuficientemente diseñada en el texto constitucional, tiene más ventajas que inconvenientes. Dos, su realización práctica, en la realidad, sobre todo tras la aprobación del vigente Estatuto catalán y los que le siguieron, han convertido una idea buena en su contrario. Hoy está claro, naturalmente para el que lo quiera ver, que este Estado, inmerso en un proceso de nunca acabar, es inviable políticamente, insostenible económicamente y disgregador socialmente. No se trata de volver a centralizar, sería absurdo. Se trata de hacer una parada, reflexionar conjuntamente y acotar y especificar competencias en un marco federal, cerrar de una vez el proceso y ponerse a gobernar cada uno en su parcela con espíritu cooperativo y no conflictivo. Seguramente a estas alturas es mucho pedir. Pero si no se hace ahora, en una situación económica catastrófica (que muy probablemente irá a peor) no se hace nunca. Los costes serán muy altos y, una vez más, muy desigualmente repartidos.

Estamos además inmersos en una crisis moral. Ejemplos los estamos viendo todos los días. No solamente en eso que se llama la clase (o casta) política sino, más ampliamente, en aquellas personas que, en otros campos, deberían dar buen ejemplo. Pero de eso hay mucho que decir y lo haremos otro día.