¿Hacia 1929?

Mintió el anterior gobierno muchas veces sobre esta crisis, la última cuando dijo que el déficit público sería el seis por ciento del PIB. Mintió el PP cuando afirmó que no subiría impuestos y cuando ha afirmado que no sabía que el déficit público superaría esa cifra. Mintió el Banco de España sobre los balances bancarios como mintieron esas entidades. Mentiras, falsedades, ocultaciones y medias verdades a añadir a un gobierno Zapatero, desastroso en todo los órdenes que, esta vez es verdad, deja al país en ruina no sólo económica y social sino institucional y moral.

Está claro que las medidas adoptadas por el Gobierno (al menos hasta ahora, habrá que esperar a ver las que anuncia), son las esperadas, más allá de los anuncios electorales: subida de impuestos, de momento los directos (el del IVA vendrá más tarde), recortes en gastos de la administración central, como elementos principales del ahorro presupuestario. A destacar dos cosas. Una, un toque aparentemente progresivo en el IRPF con subida del tipo máximo y aumento en rentas del capital, algo a lo que no se había atrevido el PSOE. El ruido será más que las nueces. Simbólico, pues el coste en su gran parte seguirá recayendo en los de siempre pero la política es también símbolos y mensajes. A destacar también el silencio clamoroso respecto del fraude fiscal. En cuanto al gasto, el de las comunidades autónomas ni se toca a pesar de su principal responsabilidad en el despilfarro. Ese es el tema que el gobierno debe atacar decididamente. Difícil porque ahí enfrenta el disparate autonómico y las poderosas fuerzan interesadas en mantenerlo, incluso aumentarlo. Como en la fábula del escorpión y la rana.

Las cifras recientemente conocidas (a trancas y barrancas por la opacidad que quieren mantener a toda costa los interesados y que el poder público no parece muy decidido a combatir) de remuneraciones de todo tipo de consejeros y altos directivos de grandes empresas, de entidades financieras incluso, para mayor escarnio, de las que cuentan con fondos públicos (léase del contribuyente), muestran que la crisis no ha supuesto daño alguno para ellos. A pesar de ser algunos de ellos directamente responsables de esta crisis que, no hay que olvidarlo, es en su origen financiera y especulativa.

Vamos a enfrentar un año enormemente difícil, muy doloroso para amplias capas de la población lo que traerá, lógicamente, un aumento de la conflictividad social. Los efectos de la crisis y de las medidas adoptadas se reparten muy desigualmente. La economía española y la de la Unión Europea van a decrecer y va a aumentar el paro, la marginación y la desigualdad. Las perspectivas en la Unión, lo acaba de decir quién manda allí es decir la canciller alemana, son muy malas. Pese a todos los acuerdos de cumbres más o menos estériles, el problema de fondo sigue ahí: unión monetaria mal diseñada e insuficiente y mecanismos de decisión no operativos. Para agravarlo, opción política “única” basada en austeridad a toda costa, algo de lo que muchos, cada vez más, dudan. Entre ellos, el economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, quien afirma que los prestamistas “reaccionan positivamente a las medidas de consolidación fiscal pero luego reaccionan negativamente cuando esa consolidación, como normalmente ocurre, lleva al crecimiento más reducido”. O a la depresión estilo 1929, algo hacia donde parece que se encamina esta barco a la deriva.