Deprisa, deprisa

La intervención del Banco de Valencia es, en el plano económico, el broche de oro del lamentable gobierno Zapatero, responsable no de todos pero sí de muchos de los males que nos afligen. En el plano político, lo es la monumental derrota en las recientes elecciones con un número de escaños incluso inferior al de las primeras elecciones generales.

Lo del Banco de Valencia es una muestra, una más de rapacidad e incapacidad profesional de unos gestores unida al absentismo culpable del regulador, en este caso el Banco de España. Aquí, contrariamente al caso de las cajas, no hay gobierno autonómico. Al menos directamente aunque el banco se “vistió” de caja parcialmente vía Bancaja y la presencia de un político “ puro” sin experiencia bancaria alguna como Olivas, amigo del entonces presidente Zaplana. Por su parte, el Banco de España, que prolongó su inspección durante más de un año y que ha retrasado la imprescindible intervención hasta después de las elecciones, ha mostrado una vez más las carencias y sesgos políticos, digámoslo así, de su gobernador.

Aunque en términos cuantitativos el peso de la entidad en el sistema financiero es mínimo, no lo es en términos de confirmar un mensaje de desconfianza hacia los balances de una gran parte de ese sistema financiero, algo que ya ocurrió con las cajas antes caídas. Confirma las percepciones y temores de los acreedores que saben que el problema de nuestro país no está en la deuda pública sino en esos balances cargados de activos inmobiliarios basura, en la deuda privada que supera el doscientos por cien del PIB y en la baja competitividad de la economía española, la que asegura bajo o nulo crecimiento de la producción y aumento o estancamiento del paro.

Esos operadores en los mercados no parecen, al menos hasta el momento, impresionados por la mayoría absoluta del PP ni parecen estar dispuestos a una larga espera. Quizá porque no conocen, como los ciudadanos de este país, cuál es el programa de los vencedores y cómo y cuándo piensan encarar la grave crisis social, económica e institucional que nos aflige.

Porque además y para mayor complicación, nuestra crisis está insertada en una crisis mucho más grave, la de la propia Unión Europea. Crisis resumida, de un lado, en una unión monetaria que no funciona, ni puede funcionar tal como fue diseñada por unos arbitristas ilusos pero, eso sí, calificados como grandes líderes. De otro, por una incapacidad sistémica de su institucionalidad para dar respuestas rápidas y coherentes a esa crisis. No se trata de que no haya líderes europeos sino de que el mecanismo de decisión diseñado ni funciona ni puede funcionar.

¿Hay tiempo para evitar, no un desastre porque en el desastre ya estamos, sino un desastre mayor, no ya sólo en España sino en la UE, de consecuencias inimaginables? Parece difícil mientras esas decisiones vayan a paso de tortuga y los famosos mercados, a velocidad supersónica.