Un recuento (breve e incompleto) del despilfarro

De aquellos tiempos de la “abundancia” (entre comillas porque se ha demostrado que estaba basada en cimientos muy débiles y transitorios), tiempos terminados hace unos tres años quedan huellas imperecederas, fruto del despilfarro.

Han sido esos tiempos donde cada uno quería un AVE y un aeropuerto a la puerta de su casa, donde toda ciudad reclamaba como un derecho inalienable un gigantesco museo (o varios) de lo que fuese, un centro de las artes, o donde todas exigían una universidad. Esa megalomanía despilfarradora ha alcanzado su culmen en ejemplos como las continuas obras en Madrid (el municipio más endeudado de España), en Valencia con las obras y las no obras (pero cobradas) de Calatrava, la Fórmula 1 y la Copa América, en Santiago con la Ciudad de la Cultura. No son los únicos disparates, hay muchos más y no sólo en ciudades sino en pueblos importantes.

El resultado es bien conocido: endeudamiento galopante, desatención creciente de otras necesidades, todo ello resultado del desastroso gobierno y del deseo de unos “gobernantes” sedientos de gloria personal, con el alcalde de Madrid a la cabeza. Y la gran pregunta ¿qué hacemos con estos muertos? Porque ahora y por bastantes años ya están ahí las vacas flacas, muy flacas, que sacarán a la luz una verdad tan simple y tan olvidada estos años. Esa verdad de que los recursos son finitos por definición, no son ilimitados y que gobernar es precisamente elegir. Hay que optar por las cosas esenciales eliminando las superfluas y ahí se distingue una opción política y de gobierno de otra. Cuando se habla de austeridad hay que tener en cuenta siempre que esa austeridad no puede ser igual para todos. Hay necesidades esenciales que satisfacer y hay cosas, muchas cosas superfluas que eliminar. Las primeras están aumentando vertiginosamente con la crisis porque como toda crisis económica golpea mucho más a los más desfavorecidos. No sólo eso sino que las políticas adoptadas hasta ahora también los golpean más. Hemos retrocedido cinco años en renta por habitante en términos reales y una reciente información de Eurostat señala a nuestro país como el cuarto con la distribución de la renta más injusta de la UE.

Tenemos por delante años muy difíciles, con conflicto social creciente porque la desigualdad aumentará. El panorama interno es desalentador y el externo no lo es menos. Lo estamos viendo cada día.