Mi 11-S en Nueva York

El 11 de septiembre de 2001 estaba en Nueva York. Vivía y trabajaba allí desde hacía un año. Esa mañana, bajo un cielo azul transparente preludio del otoño, llegué a mi oficina situada en el piso 44 del Edificio Chrysler en pleno Manhattan. Como cada mañana, me acerqué a una de las ventanas para echar un vistazo al “skyline“. Con enorme sorpresa vi que las Torres Gemelas, situadas a unos cinco kilómetros pero muy cercanas, estaban ardiendo. Pensé en un accidente pero un compañero de la oficina me dijo que dos aviones de pasajeros habían chocado contra ellas. Cerca de las diez, dieron orden de desalojar nuestro edificio por peligro de ataque. Antes de salir, una última mirada y vi como se hundía la primera torre elevando al cielo una nube semejante a un gigantesco hongo atómico.

La reacción del país ante este ataque fue de asombro. Es el primer ataque en suelo continental desde la guerra con Gran Bretaña de 1812. Preguntas repetidas hasta la saciedad en los medios: “¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué nos odian?”. Respuestas uniformes: envidian nuestra libertad y democracia. Cualquier pequeña disidencia (hubo algunas, pocas) es calificada de antipatriótica. Los meses posteriores traerían reflexiones más desapasionadas y críticas.

Diez años después, momento de balances. La respuesta de la administración Bush, etiquetada como “war on terror”, tuvo dos frentes. En el interno, la urgentísima aprobación de la Patriot Act que, en síntesis, suponía un recorte interno de libertades. Sólo algunos congresistas se atrevieron a votar en contra de una mastodóntica norma que muchos no habían leído. En el frente externo, el elemento central es una guerra de opción, basada en mentiras, contra Irak que ha demostrado tener efectos negativos en varios campos. Uno, guerra financiada con deuda, con un coste económico que no baja de los dos billones de dólares, es una de las causas de la actual crisis de ese país y del mundo. Dos, más de 130.000 bajas civiles sólo en Irak y más de tres millones entre refugiados y desplazados. Tres, aumento de las violaciones a los derechos humanos, que van desde Guantánamo a su gemelo Bagram en Afganistán pasando por secuestros y entregas a países donde se tortura y con la complicidad de varios países europeos. Cuarto, eso que se llama el “soft power”, el poder blando, el no militar que descansa en gran parte en autoridad moral, se deterioró más para EEUU en el mundo.

Estados Unidos es hoy más seguro (gasta cientos de miles de millones de dólares al año en esto) pero cuando pasen los años habrá historiadores que verán estos años que van desde el inicio de la “guerra contra el terror” hasta la caída de Lehman Brothers como un “tipping point” que marca el comienzo de un declive.

Termino este sintético resumen como lo empiezo, con un recuerdo personal. En el bus camino de la oficina esa mañana, recordaba un 11 de septiembre (hasta ese día no era “el otro”) en un país en el que viví casi seis años hasta un mes antes de esa fecha. El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas de Chile dieron un golpe de estado contra el gobierno constitucional de Salvador Allende, golpe que supuso una dictadura de veinticinco años, más de 4.000 muertos y miles de torturados y exiliados. Ese golpe fue posible por el apoyo irrestricto y la financiación de la administración norteamericana con Nixon, Kissinger y la CIA al frente. Los numerosos documentos oficiales conocidos después así lo demuestran. La vida da muchas vueltas.

1 comentario
  1. Chesmaloli says:

    Ni tiene vergüenza ni sabe de qué color es.
    Y el juguetito, se lo dan gratis de los presupuestos del Congreso que pagamos todos.

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