La hecatombe socialista y otras cosas

Esta vez sí que las cosas están claras y no como pasa siempre que todos dicen haber ganado. El PSOE, y lo ha reconocido su secretario general y presidente del gobierno, ha sido el gran derrotado. Faltaría más, los números son abrumadores. No se trata además de que tal o cual candidato sea malo ni que el mensaje haya sido o no mal comunicado (esa cosa que también siempre se dice). El mal es mucho más profundo y va a exigir a sus afiliados una cirugía a fondo en un partido que arrastra unos tremendos pasivos desde hace muchos años.

Para empezar, la mayoría de sus dirigentes comenzando por el propio presidente del Gobierno. Fomentado por él mismo y con él mismo como máximo ejemplo, se ha producido un proceso de selección adversa con el resultado de que gente digamos dudosamente capaz está al frente del partido y de la gobernación del país. La sombra de Zapatero ha sido alargada en estas elecciones aunque no eran generales. El daño causado a su fiel electorado por la crisis económica propia (larvada años atrás durante el segundo gobierno del PP pero eso a la gente común le tiene sin cuidado) así como por la desastrosa gestión de esa crisis, eso sí responsabilidad de este gobierno, ha sido enorme y clave en el derrumbe. En política económica y en política en general, un diagnóstico correcto y a tiempo es clave y eso ha fallado estrepitosamente en este caso. Los bandazos, las improvisaciones han sido la norma con la resultante del deterioro de la confianza, dentro y, sobre todo y más importante, fuera del país.

Seguramente la idea de Zapatero es resistir unos meses esperando una recuperación fuera que estimule nuestra economía vía sector exterior. Vana esperanza porque los problemas de nuestra economía son mucho más profundos que eso. Lo iremos viendo en los próximos meses cuando la inquietud de los acreedores externos (eso que se llama “los mercados”) aumente tanto por causas externas (léase Grecia y algún otro) como por factores propios (nuevos gobiernos autonómicos y locales y, previsiblemente, nuevas cifras contables). La tormenta sigue ahí.

El gran triunfador, es obvio pero hay que recordarlo, es el PP. Previsiblemente lo será en las próximas y, seguramente no inmediatas, elecciones generales. En ese caso, no habrá sorpresas y su política económica (es la importante, el resto cuenta menos) será la misma que la actual sólo que más dura. ¿Será esa la solución? A la vista de lo que está ocurriendo en Grecia y Portugal no parece que la austeridad a ultranza, lo que equivale a depresión, solucione las cosas, al contrario. A uno le viene a la mente un clásico como “Las consecuencias económicas de la paz” de Keynes que analiza magistralmente los previsible efectos de la medicina de caballo aplicada por los vencedores al perdedor, Alemania, tras la primera guerra mundial. Acertó.

Harían bien los dos partidos mayoritarios en repensar algo que algunos minoritarios han venido pidiendo desde hace un par de años. Es la posibilidad, incluso conveniencia, de un gran pacto de estado ante una situación de emergencia nacional (la nuestra lo es claramente) con el objetivo de enfrentar conjuntamente y con la ayuda de otros partidos menores con sentido de Estado, problemas muy graves no sólo económicos sino institucionales. La situación lo demandará.