Obama: Un trabajo bien hecho

Obama sigue chapoteando en el fango heredado de Bush pero no parece que le disguste mucho la herencia, al menos en los temas relacionados con eso que se denomina seguridad nacional. Del presidente de los Estados Unidos, lo que pide la mayoría de la población, de una población abrumadoramente conservadora sobre todo en estos asuntos, es que sea más que presidente , el comandante en jefe, con mano firme y decisiones rápidas. Y en ese planteamiento, el respeto a la legalidad internacional, a los derechos humanos queda claramente en segundo plano, excepto para una minoría de “liberals” que poco peso real tienen. Por eso el asesinato (hay que llamar a las cosas por su nombre) de Bin Laden ha sido recibido con alborozo, júbilo en las calles y el respaldo de un ochenta por ciento de la población.

Se trataba de capturarlo “dead or alive”, muerto o vivo, y el orden de los factores sí altera el producto, como en su día proclamó Bush. Qué más da que la localización de Bin Laden haya sido obtenida mediante la tortura, tema que parece haber sacado a la luz un breve debate fuera de Estados Unidos y no allí porque allí el tema no preocupa lo más mínimo. Lo que importa es el resultado y ese es la muerte del paradigma del mal, de alguien que osó desafiar a Estados Unidos el 11-S en el suelo patrio, algo que nunca había ocurrido (lo de Pearl Harbour fue fuera) salvo en la guerra de 1812 con Inglaterra. A partir de ahí Bush inventó y vendió a su opinión pública, que aún lo sigue creyendo en un tercio, que era cosa de Saddam Hussein quien además poseía las famosas armas de destrucción masiva dispuestas para atacar a Estados Unidos. La guerra contra Irak era así inevitable si se quería evitar otro ataque al suelo patrio.

Obama está atrapado por la maraña legal tejida por Bush así como, sobre todo, por ese conservadurismo de un país, de sus élites y de sus poderes, empezando por el legislativo. Enfrenta la hostilidad de una parte importante de la población a la que, en el fondo, le repugna que haya un presidente negro porque el racismo institucional pervive, a pesar de lo que se diga en contrario, en capas numerosas de ese país. El “tea party”, el movimiento de los “birthers”(los que dicen que Obama no ha nacido en Estados Unidos), el odio frontal de muchos, responden a eso.

Obama no ha podido o no ha querido cerrar Guantánamo que permanece como muestra de ignominia. Ha continuado con asesinatos selectivos (validando las similares acciones israelíes) en Pakistán. Se sigue permitiendo la tortura. El ser un presidente demócrata y premio Nobel de la Paz parece que le otorga bula. Lo que importa al fin y al cabo es el subidón de su popularidad por la desaparición de Bin Laden mediante “un trabajo bien hecho”, como lo calificó el mismo presidente al felicitar al equipo especial.

La respuesta de los gobiernos europeos, entre ellos el nuestro, ha sido la esperada en una Europa que está perdiendo a pasos agigantados su autoatribuido papel de último refugio de respeto a la legalidad y a los derechos humanos pero siempre deseosa de complacer a quien todavía manda en la escena internacional.