Túnez, Egipto ¿y después?

Hay opinión mayoritaria entre los analistas que la revuelta de Túnez comenzó de manera inesperada. La chispa de un incidente aislado prendió rápidamente porque había un caldo de cultivo basado seguramente no tanto en la conciencia de la falta de libertades como en el hambre y la desesperación por la falta de trabajo y de oportunidades en una población abrumadoramente joven. La reivindicaciones fueron creciendo y cambiando a los largo de la protesta, culminando con la exigencia de la caída del sátrapa Ben Alí. A partir de ahí, como decía un teórico de la revolución (que tuvo la oportunidad de llevarla a la práctica), el poder estaba tirado en la calle a merced del primero que lo cogiera. Aún es pronto para saber cómo y hacia adonde derivará este proceso en el que, sin duda, están ya jugando poderosos actores locales y extranjeros, sorprendidos y desbordados por la revuelta popular.

Egipto son palabras mayores, tanto por su población como por su permanente crisis económica y social (más de la mitad de sus ochenta millones de habitantes viven en la pobreza) y por su importancia geoestratégica. Es el baluarte en la región de Estados Unidos, del que recibe cerca de mil quinientos millones de dólares al año en concepto de ayuda, sobre todo militar. Fiel amigo de Israel cuyo gobierno, que se proclama el único país democrático de la región, ha expresado su apoyo irrestricto al eterno dictador Mubarak. Mientras el islamismo no parece importante en Túnez, en Egipto la fuerza de los Hermanos Musulmanes, perseguidos sin piedad desde Nasser, tiene indudable peso, sobre todo en los sectores rurales y más pobres. Sin duda que Estados Unidos e Israel recuerdan el precedente de la revuelta en Irán que derribó al amigo fiel, el Sha y terminó en la revolución islamista de Jomeini. Cabe suponer que las presiones de Estados Unidos, entre su proclamado apoyo a la democracia de un lado y ese temor a un cambio radical en la región, se dirijan a lograr lo que en estos casos es objetivo esencial: ceder en lo accesorio para retener lo principal. O dicho de otra manera: si hay que sacrificar a Mubarak se le sacrifica a cambio de pilotar y controlar la transición. Ejemplos hay en el mundo, muchos y variados.

Párrafo aparte merece la actuación de la Unión Europea en estos sucesos. Una palabra la define: vergonzosa, tanto como “unión”como la de los países mediterráneos con Francia (que ofreció material antidisturbios y su experiencia el día anterior a la huída de Ben Alí) a la cabeza. La Unión ha apoyado irrestrictamente las dictaduras de estos países, archivando una vez más sus proclamados “valores”e incumpliendo la letra de sus textos fundacionales. Todo sea “por un puñado de dólares”. Por su parte, la Internacional Socialista optó, tras más de veinte años de tenerlo como socio, por la expulsión clandestina del partido de Ben Alí y parece que acaba de hacer lo mismo con el de Mubarak. Un ejemplo más de la bancarrota política y ética de esa penosa organización.

¿Merece la pena comentar el papel del Gobierno español? También de vergüenza, lo que no es novedad. A destacar la reciente declaración de la Ministra Jiménez quien ha afirmado que no hay riesgo de que el conflicto llegue a Marruecos porque allí la democratización está en marcha. Delirante.