El año que vivimos peligrosamente

Si uno es realista, no puede dejar de ser pesimista viendo lo ocurrido el año que termina así como lo que, previsiblemente, nos espera en el que comienza. ¿Vamos a ir de “El año que vivimos peligrosamente” a “El hundimiento”?

La sociedad española, carente de pulso ciudadano, fruto de años y años de anestesia aplicada por los grandes medios de opinión, tras unos años de falsa prosperidad ha despertado la realidad de una crisis mucho más que económica. Esta sociedad líquida y débil se tiene que enfrentar a una crisis también política, institucional y de valores. Y lo debe hacer con absoluta carencia de liderazgo en la presidencia del Gobierno y con la anunciada bancarrota en el partido que le apoya. Como carencia de liderazgo convincente la hay también en el PP, dispuesto si gana las próximas elecciones generales a hacer, en los temas centrales, lo mismo que está haciendo el actual gobierno.

Todos estos males se han agudizado en el año que termina. En lo económico, las decisiones externas (léase la Unión Europea, Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional y más atrás, como la verdadera fuerza, eso que se llama los mercados) derribaron a Saulo Zapatero en su camino de Damasco y le enseñaron el único camino a seguir. Atrás quedaron las bravatas de recuperación inmediata, de salida socialdemócrata de la crisis, de los brotes verdes y demás zarandajas. Un giro de ciento ochenta grados a partir de la tormentosa noche en Bruselas a principios de mayo.

La crisis institucional, el agotamiento de un ciclo que se inicia con la aprobación de la Constitución, se ejemplifica con la interpretable y tardía sentencia del Constitucional sobre el Estatut, la manifestación de repudio en Barcelona con el president a la cabeza, la respuesta de Zapatero no de respetar esa sentencia sino de tratar de esquivarla y, estos días, el triunfo de CiU con las reivindicaciones de hacer en Cataluña una llamada transición nacional pendiente y la demanda de un concierto económico “ a la vasca”. Un impulso más en el proceso, ya en marcha, de la desvertebración de España.

La crisis política se refleja, entre otras muchas cosas, en el desprecio creciente de la ciudadanía respecto de la política y los políticos, algo enormemente peligroso, la pervivencia de la corrupción y la definitiva pérdida del sentido del Estado por parte del PSOE y del PP, cada vez más una confederación de franquicias que dicen una cosa en un sitio y otra, diferente, en otro. Sus élites periféricas han establecido sus propias relaciones clientelares y se han autonomizado, incluso en algunos casos queriendo ser más nacionalistas que los auténticos.

Crisis ética y de valores, también. En las élites, esas que se suponen que deben ser ejemplo, desde ingresos multimillonarios que coexisten con cerca de cinco millones de parados y pobreza que alcanza ya a cerca de una quinta parte de la población, sofisticados y caros sistemas para eludir impuestos, hasta casos de corrupciones multimillonarias (caso Millet en Cataluña, como ejemplo máximo, no el único). En otro plano, basta echar un vistazo a ciertos canales de televisión (única fuente de “información” de la mayoría) para comprobar que la podredumbre ética y moral siempre puede aumentar.

Uno se pregunta, si ahora, ante esta situación, no pasa nada ¿qué tiene que pasar para que pase algo? ¿Va a reaccionar esta sociedad o va a seguir pasando? ¿Va a continuar la apatía mientras nos deslizamos hacia la “berlusconización” de una nación cada vez más fragmentada?