La mitificación de las infraestructuras

Durante los últimos años hemos asistido en nuestro país al elogio y bienaventuranza de las infraestructuras, es decir la construcción de carreteras, vías ferroviarias de alta velocidad, aeropuertos, etc., como la piedra filosofal de nuestro desarrollo, de ese estar en la primera división de la Champions, timbre de orgullo colectivo. Más de cincuenta aeropuertos, más kilómetros de alta velocidad por habitante que cualquier país del mundo, más puertos deportivos, más autopistas de peaje. Detrás de ello, el enorme peso del “lobby” de las constructoras, verdadero poder fáctico de este país, uno más.

Ya en el colmo de la elaboración digamos teórica, está la justificación de esta política no ya sólo por razones económicas (por discutibles que fueran) sino por razones políticas. Recordemos las declaraciones de José Blanco enfatizando la importancia de estas infraestructuras para vertebrar el país, de verdad, en la práctica. Más allá de acusaciones tremendistas de que España se rompe, la realidad del cemento como elemento de cohesión.

Todo esto ocurría en las ya finiquitadas vacas gordas. Ahora, en época (que va a durar años) de vacas flacas, incluso macilentas, aumentan las voces que piden un poco de reflexión y sosiego en el avance del cemento, imparable hasta el momento. ¿Tiene alguna lógica que cada ciudad quiera un AVE y una autopista a su puerta, un aeropuerto a tiro de piedra? Frente al vicio de pedir, la virtud de no dar. Al fin, gobernar es optar.

Ahora con las vacas flacas, toca además al Estado deshacer los entuertos de la inversión privada, disparatada en muchos de estos sectores. Deshacer entuertos con la receta de siempre: fondos públicos para fallidos privados. Socialización de pérdidas se llama la figura. El último ejemplo, por ahora, el rescate de varias concesiones de autopistas entre ellas las desiertas radiales de Madrid. Rescate de concesionarias, lo que quiere decir de sus propietarias, es decir las más poderosas constructoras, otra vez el mismo “lobby”. Se ha instrumentado por un pacto en el Congreso, pacto promovido por el partido siempre diligente en iniciativas de ayuda al gran empresariado que no es otro de CiU (una gran constructora, Ferrovial, aparece en la documentación del caso Palau implicada con una fundación de ese partido.) Eso sí, con el auxilio siempre diligente del grupo socialista, es decir del Gobierno de la nación, y del siempre atento PP. Inversiones ruinosas de esa concesionarias van a ser salvadas con fondos públicos, es decir del contribuyente. Fondos que podrían y deberían ser dedicados a otros menesteres como, por ejemplo, ayudar a pequeños empresarios, auténticos emprendedores que sí asumen riesgos y a los que no ayuda el Papá Estado porque está muy ocupado con esos otros especialistas en el “ lobby” y en los entresijos del poder.