Madrileñafobia de la izquierda

A Madrid, ciudad abierta como Roma, multicultural que arrumbó el casticismo para incorporar lo mejor de cada pueblo de España, le vino muy bien la democracia. Dejó de ser una ciudad de funcionarios para convertirse en una ciudad de innovaciones y tendencias en la que nadie se siente extraño. Y cuando sus habitantes escapan de Madrid y vuelven por vacaciones a sus pueblos y ciudades, para que sus vecinos digan “aquí están otra vez los madrileños”; pero no son sino los hijos de aquellos vecinos que un día emigraron a Madrid en busca de un mejor futuro.

El cambio político de 1978 se gestó en Madrid en el proceso político mas brillante del siglo XX en España. Adolfo Suárez, un político criado en el franquismo, fue el cooperador necesario de Juan Carlos I en el viaje de una dictadura a la democracia, realizado desde la ley a la ley. La UCD, el mejor proyecto político que ha tenido el centro derecha supo gestionar el cambio democrático en un ejercicio de máxima generosidad que, cumplido el objetivo, se autodestruyó.

Madrid ha demostrado siempre una gran capacidad de resistencia que no ha necesitado murallas exteriores para defenderse. En el siglo XV la muralla cristiana de Madrid que tomó y amplió la muralla musulmana en la Reconquista culminó su abandono. Y el poder político de los Reyes Austrias y Borbones abrió puertas y portillos: la Puerta de Alcalá, la Puerta del Sol, la Puerta de Segovia, la Puerta de la Vega, símbolos del sentimiento de hospitalidad de la ciudad.

La rebeldía del pueblo de Madrid frente a las imposiciones se acreditó el 2 de mayo de 1808 y tuvo su antecedente en el motín de Esquilache en 1776 en el que se rebeló el pueblo ante un ministro extranjero por causa del hambre y la subida del precio del pan.

Esta historia del Madrid resistente, indómito, libre y crítico frente al poder se ha vuelto a demostrar en este año de la pandemia y confinamientos. Los madrileños no están dispuestos a renunciar a su libertad ni amordazar su crítica al Gobierno.

Desde 1987, año en el que José María Álvarez del Manzano obtuvo la Alcaldía y cuatro años después, cuando Alberto Ruiz Gallardón ganó las elecciones autonómicas, la izquierda, salvo el paréntesis de Manuela Carmena, no ha tenido la confianza de los madrileños.

Los socialistas ni entienden ni han entendido Madrid y continúan instalados en los mismos errores de estrategia, líder y mensaje. El coro del candidato, ministros y ministras socialistas, dispuestos a trasmitir las invectivas más delirantes contra Isabel Díaz Ayuso, no hacen sino reforzar su figura política. Que Madrid es la ciudad de las juergas y el botellón, como repite el triste Gabilondo, y donde se pone en riesgo la vida de sus ciudadanos, como ha dicho con su desparpajo léxico atropellado la ministra Montero, revela que la imaginación de la factoría Moncloa esta en un pozo seco. Se les han agotado las ideas después del club de la comedia de Fernando Simón y de intentar convencernos de que el rescate de la aerolínea venezolana Plus Ultra es una prioridad nacional.

Isabel Díaz Ayuso ha marcado territorio con la defensa de impuestos bajos en Madrid que va a mantener y que saca de quicio a los secesionistas catalanes que quieren independencia para su gobierno y una camisa de fuerza para los demás. La tragedia de Cataluña, donde siempre ha existido un burguesía culta, europea e innovadora, es que el nacionalismo ha impreso una marca que representan Puigdemont, Quim Torra, Rufián y Pere Aragonés.

La respuesta sanitaria de la Comunidad de Madrid a la pandemia, mas medidas de cirugía responsable y menos carnicería de estado de excepción, ha sido boicoteada por el Gobierno Sánchez-Iglesias, que ha pasado de la sobreactuación al autismo político.

Madrid defendió siempre una idea de España como una nación de ciudadanos libres e iguales, integrada activamente en el proyecto de Europa, que no se desmiembra en territorios donde se reproducen lo peor del caciquismo provincial y el reduccionismo de cantonalistas insolidarios.

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