El debate cultural y los partidos

Cayetana Álvarez de Toledo que es brillante, culta y sin complejos ha cometido tres errores que recoge el manual básico de la política en su cargo de portavoz del Grupo parlamentario: demostrar sus cualidades, lo que en política siempre es una provocación al líder; manifestar su independencia – en la entrevista de El País dijo que la libertad y el espíritu crítico son una obligación del que se dedica al examen de la realidad – y pensar que es posible una batalla cultural en este tiempo de división en el electorado del centro derecha.

Estos tres errores se resumen en su afirmación de que le interesa mucho la política y poco el poder. Su cese es la crónica de una destitución predestinada.

En España, desde la transición sí ha habido una batalla cultural, pero siempre se ha realizado y materializado desde el poder. El poder es el instrumento del político para transformar la realidad y sustituir modelos obsoletos por nuevos escenarios.

Teóricamente las fundaciones vinculadas a los partidos políticos son el laboratorio para incorporar nuevas ideas a la acción política, de gobierno y de oposición. Un informe del Tribunal de Cuentas de 2018 recuenta el número de fundaciones vinculadas a los partidos que son 39 situadas en la orbita de 25 partidos políticos. Mayoritariamente su papel en el debate cultural es marginal, habida cuenta que no se apartan de la estela de sus partidos nodrizas y su financiación procede de subvenciones y donaciones controladas por los mismos partidos.

Nuestra historia democrática demuestra sin embargo que los grandes cambios culturales han sido impulsados desde los gobiernos. Es evidente que Adolfo Suárez y la UCD con sus ministros Fernández Ordoñez y Joaquín Garrigues impulsaron reformas tan importantes como la ley del divorcio – Ley 30/1981 que modificó el Código civil– y la reforma fiscal de 1977 con la participación de Fuentes Quintana, cuyo proyecto se aprobó antes que la Constitución de 1978, la batalla cultural mas importante que da España en el siglo XX.

El PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra también realizó cambios culturales tan significativos como la adhesión al Mercado Común, la entrada en la OTAN y la liberalización de los contratos temporales en el mercado laboral.

José María Aznar durante sus gobiernos incorporó a España al euro, internacionalizó nuestra economía, incentivó la competencia y liberalizó sectores, con un crecimiento del PB per cápita del 64 por ciento, reducción de la inflación al 2,2%, duplicando la renta familiar. En su tiempo sí promovió un debate cultural con el reforzamiento de la nación – Conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V – y la reafirmación de nuestra identidad y símbolos culturales – ampliación del Museo del Prado y la construcción del Reina Sofía.

En tiempos de su gobierno Zapatero plantea dos grandes objetivos culturales que son un fracaso: la alianza de las civilizaciones, donde solo obtuvo el apoyo de Turquía, desconociendo las claves de la política internacional y la ley de memoria histórica, un proyecto de revisionismo dirigido a devaluar la transición. En su haber, solo es relevante la reforma de la ley del matrimonio entre personas del mismo sexo que ocupó titulares en medios internacionales y que reconocía los cambios y la mentalidad abierta de amplios sectores de la sociedad española.

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