Autonómicas en las comunidades históricas

La restructuración del centro derecha en España va para largo. La gestión del proceso de acuerdo para las elecciones catalanas, vascas y gallegas, visto lo sucedido, ha sido un despropósito y un ejercicio improvisado. Y así no se consiguen resultados, ni en el trabajo ni menos en la política.

El primer error en este proceso es la desesperadamente lenta sucesión de Rivera por Arrimadas en Ciudadanos. Cuando se van a cumplir 4 meses del descalabro electoral de Rivera, que hizo todo lo posible para que se produjera, todavía no hay un o una líder elegido/a por los afiliados del partido naranja. Será un problema de los estatutos o de la organización, pero deberían aprender de la agilidad con la que los partidos británicos resuelven el relevo en el liderazgo de su formación.

Recuerden lo poco que demoraron el nombramiento de Theresa May tras la dimisión de David Cameron, y más tarde el relevo de la primera ministra por Boris Jhonson.

Ciertamente Cs es hoy por hoy un partido con respiración asistida gracias a sus pactos en Madrid, Andalucía, Murcia y Castilla-León y con Inés Arrimadas intentando aguantar el tipo y la motivación en el Grupo Parlamentario del Congreso. El electorado penalizó sin compasión su ceguera en la lectura de los resultados de las elecciones del 28 abril de 2019 en las que, como tercer partido, debió facilitar la gobernabilidad del PSOE y la investidura de Pedro Sánchez.

La perspectiva de un proyecto de centro liberal -que vuelve a encallar en España como ya naufragó el CDS de Adolfo Suárez, el Partido Reformista de Antonio Garrigues y Roca y la UPyD de Rosa Díez- tan necesario para compensar un modelo de bipartidismo extorsionado por los nacionalismos, es una victima de sus propios errores, torpezas y falta de constancia.

El cambio de cromos pactado entre Casado y Arrimadas, yo Cs te cubro en Cataluña y tu PP me das vida en Euzkadi y Galicia, tiene todo el sentido si el modelo de integración fuera capaz de conseguir que se haga realidad el principio de aritmética que dice que 1+1 es 2, lo que desafortunadamente no siempre es exacto en política.

En Galicia, Cs no existe y en el País Vasco, casi no existe. El PP por su parte en Cataluña ha caído en la irrelevancia.

Es cierto que por algún lugar y en algún momento PP y Cs tienen que iniciar un proceso de integración, y Cataluña era y es el banco de pruebas adecuado. La realidad política y electoral de esta Comunidad demanda desde hace tiempo que no se fraccione el voto constitucionalista.

Entre los errores graves de Cs está el haber desplazado a Madrid a Inés Arrimadas, que hoy sería la mejor candidata que podría presentar el centro derecha en Cataluña. La perseverancia en la política es un valor y Cs ha desperdiciado liderazgo y capacidad como primer partido de la oposición a los desvaríos independentistas.

En Galicia, por el contrario, Feijóo ha manejado bien los tiempos y se confirma que acertó permaneciendo al frente de la Xunta. Tiene discurso, gestión y liderazgo, por lo que es razonable que limite el acuerdo con Cs a abrir el puente para que en su lista se incorporen algunos candidatos de un partido que allí no tiene referencias.

En Euzkadi la realidad en las elecciones autonómicas es la continua fuga de votos del PP hacia el PNV, convocatoria tras convocatoria. A lo que se añade que Cs se identifica con la desaparición del Concierto Foral que hace posible la mejor financiación por habitante de todas las Comunidades Autónomas y, por tanto, unos servicios públicos de alta calidad que los ciudadanos vascos de unos y otros partidos no quieren perder. El PNV, tras el breve paso de los socialistas por el Gobierno de Vitoria, es el permanente guardián del modelo y en Madrid vende su apoyo al mejor postor.

Si se añade que Urkullu, más allá de algún otro exceso nacionalista, presenta un perfil moderado como corresponde a un partido con ADN demócrata cristiano, resulta que Cs es anecdótico y el PP o es foralista o no es nada en las autonómicas.

Si Carlos Iturgaiz consiguiera incorporar a su candidatura los casi 69.000 votantes de Cs y Vox en las elecciones generales de noviembre sería un éxito. En todo caso, aún con estos votos, alcanzaría en un porcentaje alrededor el 10 por ciento.

Difícil empresa para Iturgaiz a quien se llama al final de la temporada para sacar al PP vasco de los puestos del descenso.

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