El síndrome del descuelgue

El PP ha conseguido reequilibrar el derrumbe electoral que ha sufrido en las elecciones generales y territoriales de este año mediante los pactos electorales con Cs y Vox. El poder difuso y compartido es un elemento sustancial de la democracia frente al poder absoluto de la dictadura. En la democracia nadie tiene todo el poder, ni lo tiene todo el tiempo, siendo por naturaleza reversible.

Es cierto que la democracia desde 1978 ha tenido momentos en los que la acumulación de poder en una formación política ha sido muy relevante. Felipe González concentró un gran poder en 1982 y en 1986 y Rajoy en 2011. Otra cuestión es como exprimieron el poder delegado -el pueblo delega el poder- y la intensidad del cambio en la realidad y la transformación del país.

Madrid, como siempre ha sucedido en nuestra historia, será el banco de pruebas del pacto de gobierno que los socialistas llaman las tres derechas. Tres partidos que necesitan vivir juntos durante algún tiempo, mientras matan suavemente a su pareja al ritmo de la música de Gloria Gaynor.

De momento les unen dos cosas: el poder y el enemigo común, Pedro Sánchez, al que harán frente desde los gobiernos autonómicos de Madrid, Castilla León, Murcia y Andalucía. En el programa de los coaligados, la bajada de impuestos y las líneas rojas intraspasables en Cataluña son los basamentos que sostienen el poder. En todo los demás, habrá matices y diferencias porque las partes no pueden diluirse en el todo, a riesgo de ser imperceptibles.

La Comunidad de Madrid y Andalucía representan un porcentaje muy significativo de población en España con mas de 15 millones de habitantes y unos datos económicos y sociales muy divergentes. El PIB per cápita en Madrid está en 34.916 euros (2018) con una tasa de paro del 10,5 %, mientras que en Andalucía es 19.132 euros (2018) y tiene una tasa de paro del 21 %.

Por tanto, realidades muy diferentes. Madrid viene de veinticuatro años de gobiernos del PP en solitario y Andalucía de gobiernos socialistas en los últimos treinta y nueve años con acuerdos de legislatura con Izquierda Unida y Cs en las dos últimas.

El poder real de las Comunidades Autónomas y su piedra de toque está en los servicios sociales de sanidad y educación, dos sectores con una demanda creciente y con alta sindicación independiente. Si funcionan y los impuestos que pagan los ciudadanos guardan un equilibrio razonable, será más llevadero el contingente de problemas menores que suscita la política diariamente.

En una ya histórica campaña electoral se utilizó el lema que España funcione, que hoy todavía es plenamente actual. Con unos ciudadanos bastantes descreídos de la política y de sus representantes – en cuyas trayectorias privadas es imposible encontrar el pago de nóminas, cotizaciones sociales e IVA – es evidente que el escepticismo reina en los electores que piden sentido común y acaban decidiendo su voto por exclusión del peor.

La renovación generacional de los representantes no se ha caracterizado por la excelencia. Demasiados curriculum maquillados, imposturas, sin experiencia en la gestión privada y limitada preparación. Junto a ello un adanismo en la política que no reconoce, por ignorancia, los valores de la transición democrática.

Ciudadanos ha entrenado en un bucle que no es virtuoso. Viene de una estrategia doblemente fallida en las generales y en las territoriales. Su apoyo a Susana Diaz en Andalucía le salió bien sin compartir el gobierno. Ahora ha complicado la jugada y se ha equivocado en no pactar con Sánchez la investidura al mismo tiempo que entraba en gobiernos con PP y Vox. Frente al principio de favorecer la gobernanza se ha situado en un presidencialismo reduccionista en torno a Rivera. Será interesante comprobar como administra su convivencia diaria con Vox. Por el momento los electores dicen solo quieren a Cs como un partido bisagra.

Por su parte, Vox ha querido demostrar a sus electores que vendía cara la piel del oso. El desahogo de sus votantes que se manifestó en las elecciones generales da toda la impresión que se ha remansado, sobre todo tras el baile de la yenka en que han convertido la negociación de los pactos de Madrid bajo el lema “un si es no”.

En definitiva, con el PP liderando los gobiernos, Cs y Vox tendrán que identificar y abrir su espacio político, si quieren mantener su respaldo electoral. Por tanto, pronto entraran en el síndrome del descuelgue, en cuanto avance el reloj de los mandatos. Sobre todo, si Sánchez convoca nuevas elecciones generales en noviembre y los resultados favorecen la recuperación del bipartidismo que es el mal menor que quieren los electores, Sánchez…y Casado.

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