El ballotage español

El sistema electoral español está explorando desde las elecciones de 2015 un modelo de doble vuelta. No es el ballotage de Francia, término que se ha incorporado a nuestra lengua como balotaje, pero no cabe duda que persigue el mismo objetivo: conseguir la formación de un gobierno estable cuando en la primera vuelta no se ha conseguido un mayoría suficiente.

La pluralidad de actores en nuestro sistema electoral, por el doble efecto de la circunscripción electoral provincial y la ley D´hondt, genera una mayor distorsión en el principio de proporcionalidad corregido que era el efecto querido por los legisladores de la Constitución. A mas partidos con representación en el Congreso se genera un coste marginal por escaño conseguido mas divergente entre las fuerzas políticas concurrentes.

La corrección del bipartidismo diluyendo el voto entre más partidos, está corrigiéndose por el sistema con una nueva convocatoria electoral. Esta situación se ve favorecida por la evidente inmadurez de los líderes políticos que reflejan una alta incapacidad para llegar a acuerdos que permitan la formación de gobiernos. Un práctica que es habitual en las democracias asentadas de Europa. Francia, Italia, Reino Unido, Alemania y los países nórdicos tienen una extensa historia de pactos entre partidos políticos diferentes a fin de conseguir la gobernabilidad.

Lo que se ha contrastado es que los nuevos partidos que venían a sustituir a PP y PSOE cono actores principales del bipartidismo desde 1978 han fracasado. Cs y Podemos no han conseguido superarles y su manifiesto de presentación que comenzaba con una declaración rimbombante , una nueva forma de hacer política, mas limpia y renovada, ha sido un engaño.

Los dos partidos han acreditado un modelo de hiper liderazgo cesarista, en el caso de Podemos incluso una diarquía conyugal al estilo peronista, que se compadece muy poco con las proclamas regeneracionistas. Las depuraciones en Podemos han sido de corte estalinista – Bescansa ,Errejon, Espinar- y en Cs la frase dirigida a los discrepantes –Garicano , Nart, Roldan- invitándoles a irse del partido demuestra que Rivera no concibe la democracia con la discrepancia deliberativa.

La reflexión sobre el escenario político que están desarrollando ambos partidos tras las elecciones es absolutamente decepcionante. Podemos no pide un pacto programático sino una vicepresidencia para Pablo Iglesias lo que ratifica una concepción reduccionista de la democracia que solo conjuga en primera persona. Su autoestima es de tal dimensión que incluso rechaza la posibilidad de llegar a acuerdos con la incorporación de independientes consensuados al gobierno de Sánchez. En definitiva Pablo Iglesias solo tiene en su mente la reconversión de su imagen personal, muy deteriorada por sus devaneos inmobiliarios y la depuración de sus conmilitones.

En Cs Rivera niega las evidencias. La primera que no ha superado al PP como segunda fuerza política. La segunda que para gobernar con el PP necesita a Vox y que declarar su invisibilidad para no verse concernido es una entelequia. Esto de un pacto a tres con el método dos a dos, una especie de adulterio institucionalizado, es un absurdo y un imposible en la gestión política.

Reconocer los tiempos, comprender el momentum y tener una visón con zoom amplio son valores indispensables en los lideres políticos. A Rivera le tocaba ahora favorecer la gobernabilidad del país lo que no significa dar un cheque en blanco a la investidura de Sánchez. Y luego esperar y ver, ajustando su papel a la evolución de la legislatura. En la política un año es una eternidad y puede suceder cualquier cosa. Pero Rivera tiene también un problema de autoestima propio de una cierta inmadurez infantil que se traduce en escuchar poco e impaciencia.

Para que no falte de nada Vox se rebela ante el apartheid que le quieren organizar sus camuflados pretendientes que le dan el papel de convidado de piedra que paga sin embargo una parte de la cuenta. Y reacciona con alguna propuesta mas maximalista que relevante para la realidad del país. Las políticas de campanario tienen recorrido limitado y si quieren ganar credibilidad tienen que comprender que algunos ejes de su política hay que gestionarlos con finezza que es una virtud que se predicaba de los político italianos.

Recuerden que cuando Gulio Andreotti visitó España como primer ministro en los primeros años de la transición y le preguntaron su opinión sobre nuestra política, respondió: “manca finezza”. ¿Qué diría hoy?

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