La inmadurez electoral

España padece un síndrome de inmadurez política tras 40 años de Constitución democrática. La racionalidad nos conduciría a afirmar que en 2019 el país habría alcanzado un asentamiento solido de su arquitectura democrática. Pero ni siquiera en la resolución de los debates electorales hay un consenso básico entre los partidos políticos.

El espectáculo que se está dando estos días, favorecido por la intromisión del Junta electoral en la programación de una cadena privada y por la negativa del candidato Pedro Sanchez a debatir en la televisión pública, demuestra que los usos y costumbres de las solidas democracias que conforman el acervo del comportamiento electoral, junto con las normas reguladoras, todavía no están implantados en España.

La regulación de las campañas electorales ha saltado por los aires desde el  día en que la tecnología abierta se ha impuesto en todas las actividades. Las redes sociales, los nuevos modelos de marketing político indirecto y el propio escenario temporal de 15 días dinamitado por la realidad, al igual que el día de reflexión, son manifestaciones de lo que ha cambiado la realidad social en estos 40 años y de lo que poco que se ha hecho por los partidos para liberalizar las campañas electorales y definir un marco básico de garantía de derechos.

Las polémicas de la agencia de viajes Falcon o de las fotos y frases  de Pedro Sanchez podrán desparecer de algún sitio por el celo de la Junta Electoral, pero corren por los smartphones a la velocidad da la trasmisión de datos. Como también accederemos a las encuestas israelitas o las andorranas el día de reflexión y el de la votación sin que ningún Junta cierre la web.

Esta es la razón de que fracasen los mítines y las vueltas por España de los candidatos. Con sentido del humor relataba un suelto de ABC como se había entusiasmado la comitiva del PP por la recepción de un grupo de jóvenes en Tarragona a Casado. Que después de todo eran los sobrinos y amigos de un candidato en la plaza.

El discurso de la campaña no ha mejorado en comparación con anteriores elecciones. No hay ningún debate de altura sobre los problemas reales del país que se distancia de los políticos con indiferencia y aburrimiento.

La ruptura del bloque constitucional por el PSOE es la causa de que el independentismo catalán inunde toda la realidad política, provocando un profundo hartazgo y al mismo tiempo una gran incertidumbre para el día después del 28 de abril. Carece de toda que un tal Torra, otro Junquera  y un fugado en Waterloo, determinen la agenda política de España, recibiendo la complacencia de un terrorista como Otegui que se felicita de su apoyo en el Congreso al Presidente del Gobierno.

Los secesionistas han obtenido ya una victoria muy significativa al haber conseguido romper la unidad constitucional por la defección de Pedro Sanchez que ha arrastrado al socialismo democrático. Una decisión que nunca tomaron ni aceptarían sus antecesores Felipe González, Joaquín Almunia, José Borrell y Alfredo Rubalcaba que han sido borrados del mapa de Ferraz por Sanchez. De Zapatero poco hay que decir, ya que si dimitió en mayo de 2010 ante la tormenta financiera y económica, no se le puede otorgare arrestos para enfrentarse a una reto como el que plantea el secesionismo catalán.

La ruptura del bloque constitucional hace que emerja con toda su fuerza el fracaso del modelo territorial implementado por la Constitución de 1978.El objetivo del Estado de las Autonomías era doble: conseguir un equilibrio económico y de desarrollo entre las Comunidades ricas y las pobres y resolver la cuestión territorial de Cataluña y del País Vasco.

Ninguno de los dos objetivo se han cumplido. Los diferenciales de PIB entre Comunidades siguen siendo los mismos, sino superiores en algunas relaciones. Y el independentismo se ha fortalecido, por mas que Euskadi manifieste un comportamiento educado sostenido en el Concierto Foral.

Ortega dijo que “el  pasado no nos dirá lo que debemos hacer. Pero sí lo que debemos evitar”. Y en su discurso en 1932 en el debate del Estatuto de Cataluña expresaba su vaticinio:

“¿Qué es eso de proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre y de raíz un problema, sin parar en las mientes de si ese problema, él por sí mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, nos había invitado al suicidio”.

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