Políticos en busca de autor

Luigi Pirandello fue el precursor del teatro del absurdo identificado en las obras de sus dos grandes representantes, el rumano Ionesco y el irlandés Samuel Beckett. Un teatro caracterizado por diálogos imposibles, frases carentes de sentido y monólogos sin coherencia.

España vive ahora la  política como una obra del teatro del absurdo.

Cuando se van a cumplir 40 años desde la aprobación de la Constitución de 1978, unos políticos que hacen gala de su juventud como una supuesta virtud,  naturalmente amortizable, están decididos a llevarnos al pasado en un túnel del tiempo que solo es útil para  distraernos de sus propias carencias.

Este movimiento vintage, retro, quiere reescribir el proceso de la transición que se inició el 20 de noviembre de 1975 con la muerte de Franco  y concluyó el 28 de octubre de 1982 con las elecciones generales que ganó el PSOE y llevó a la Presidencia del Gobierno a Felipe González, haciendo realidad la frase de Adolfo Suárez : “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”.

Hay que añadir que se consiguió lo que en las democracias es normal: el cambio político que permite al día siguiente de unas elecciones, si llaman a tu puerta, sea simplemente el lechero.

La diferencia fundamental entre la transición y este nuevo relato que ha patrocinado el Presidente accidental Sánchez -ni el pasado existe ni el mañana está en el ayer escrito-  está en las escasas  cualidades  de los políticos que nos ofrecen un revisionismo histórico que nadie demanda ni reclama.

El Gobierno del PSOE, un partido político que ha protagonizado los últimos 40 años de la democracia, con 22 de ellos en el poder, comprendió inteligentemente cuales eran los objetivos reales que necesitaba España para su integración en el club de las democracias occidentales. Impulso la entrada en la OTAN y en el Mercado Común y completo la agenda  del nuevo marco legal de convivencia.  Los Gobiernos de UCD habían ya antes aprobado  la Ley de Amnistía, la Ley del Divorcio y la Reforma fiscal,  además de  la fundamental Ley para la reforma política que inició el proceso constituyente.

Años después llegó Zapatero y abrió  un proceso revisionista suave con la Ley de Memoria Histórica.

Esta etapa está protagonizada por una segunda generación de socialistas que han perdido el interés por lo sustantivo y se ha arrinconado en lo accesorio, ante la ausencia de un proyecto político adaptado a los nuevo retos de este tiempo.

Desgraciadamente el presidente accidental  Sánchez, sin tiempo y sin programa, ha decidido legitimarse ante su menguante electorado con el desahucio de la tumba donde reposan los restos de Franco desde hace 43 años.

Estratégicamente esta decisión es una trampa, un acto fallido que tiene dos objetivos. Primero identificar al PSOE que aparecía desdibujado como la izquierda auténtica. Este es un mensaje dirigido a la militancia que permaneció en Ferraz y en las casas del pueblo tras los últimos desastres electorales. Una militancia envejecida y desconcertada y sin respuesta ante el fenómeno de Podemos que les niega legitimidad en la izquierda ideológica. Y en segundo lugar, sirve para marcar el  territorio del debate político que se divide ahora, no ya en viejos y nuevos partidos, sino entre organizaciones demócratas y tardo franquistas en en que se quiere colocar al Partido Popular y a Ciudadanos.

Lo absurdo es que  esta polémica es artificial. Si se hubiera realizado una encuesta preguntando el lugar donde está enterrado Franco, pronostico que no hubiera respondido correctamente  más de un 10 por ciento de los encuestados.

Ciudadanos está eludiendo mejor la trampa – se ha centrado en Cataluña y en la limpieza de los lazos amarillos que quieren cercar la libertad-  pero el PP se está quedando atrapado en este espeso y absurdo acto fallido de Sánchez.

Le bastaba con denunciar el exceso normativo del Decreto ley y el perfil inconsistente del Presidente Sánchez que incapaz de sostener una política de Estado frente a los independentistas y de administrar el Gobierno ordinario, se refugia en lo banal.

Pablo Casado ha pecado de novato e ingenuo y este fin de semana en Ávila se le ocurre presentar, junto con Adolfo Suárez Illana, una llamada Ley de Concordia  como respuesta a la Ley de Memoria histórica y al desahucio de Franco. Por favor, si la mejor Ley de Concordia es la Constitución de 1978 y cumplir el Estado de Derecho. Como ha dicho Marcello, dejen en paz a Suárez y no pretendan enmendarle la plana que fue el que mejor entendió el proyecto del Rey y la democracia que necesitaba España en 1978. Y sirve para la convivencia democrática hoy, cuarenta años después.

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