Presupuestos sin socaire y Cataluña por los aires

Este país nuestro que sigue siendo España, llega a la Pascua de Resurrección con dos problemas estructurales que naturalmente carecen de toda vinculación, pero que se han enlazado políticamente con una evidente irresponsabilidad.

El primer presupuesto expansivo, después de vadear siete años de la plaga de las langostas financieras que depredaron el empleo y la economía, naufraga en medio de la vorágine política.

La dialéctica gobierno versus oposición en los escenarios en los que no hay mayoría absoluta, situación que se conjuga con una cierta experiencia y sentido común en la Europa democrática más experimentada -Alemania, Holanda, Reino Unido y Francia- es todavía una asignatura pendiente en la política española.

En las situaciones de minoría en el Parlamento los presupuestos nunca son totalmente del Gobierno, pero no pueden ser secuestrados por la oposición que tiene escenarios y territorios abiertos para mover sus piezas en el tablero de la política y cumplir su función.

Las vinculaciones presupuestarias son de tal calibre en relación con el margen del disponibilidad en las cuentas de cualquier Gobierno ,incluso con mayoría holgada, que convertir los presupuestos  anuales en una suerte de amenaza de moción de censura no consumada, es un ejercicio de inmadurez que refleja el estado de debilidad intelectual que padece la política española. De la fría tecnocracia presupuestaria al zoco  de la gran plaza de Marrakech, hay un espacio lo suficientemente amplio para modular las iniciativas políticas.

Rebajar el umbral de los ingresos a efectos del IRPF a 14.000 euros es evidentemente insuficiente, pero no cabe duda que está en la más estricta racionalidad económica y  tributaria, aunque solo sea a efecto de  simplificar el burocrático sistema de las devoluciones. Subir las reducidas pensiones de viudedad o mejorar las pensiones mínimas  en términos más simbólicos que reales, es cuando menos una reparación histórica que estimula además algo la demanda interna si se contempla conjuntamente con la recuperación salarial de los funcionarios públicos.

En definitiva, estos Presupuestos no son para que redoblen las campanas, porque los problemas estructurales, la reforma y corresponsabilidad en el  sistema tributario, la sostenibilidad de las pensiones y la modernización de las Administraciones Públicas siguen sin resolverse, pero son una oportunidad para aprovechar el viento de cola que impulsa algo la economía española.

Y sobre todo es una oportunidad para demostrar que la política en España tiene unos básicos fundamentos de racionalidad, a pesar del espectáculo que esta dando la cuestión catalana con un Parlamento que retroalimenta una cierta deriva de alteración de la normal convivencia que no beneficia nadie y, en primer lugar, perjudica a los propios catalanes.

Los cortes en autopistas y carreteras o en el AVE son la peor tarjeta de presentación de Cataluña que no debe permitir que los secesionistas  secuestren a toda una sociedad que no debería permanecer inerte ni tolerante ante unos políticos que con su incapacidad e intolerancia, están  poniendo en riesgo la convivencia pacífica de una sociedad.

La situación política de Cataluña empeora y el Gobierno  de España que lo es también de Cataluña,  tiene el poder legítimo constitucional para garantizar la seguridad ciudadana. La mayoría silenciosa de los ciudadanos en Cataluña y en el resto de España, apoya sin reservas que se restablezca la normalidad en el funcionamiento de los servicios de transporte por carretera y ferroviarios.

No es previsible que el artículo 155 tenga un plazo de caducidad a fecha cierta. Cataluña y significativamente Barcelona, hace tiempo que fue un campo de juego de violencia de los movimientos anti globalización que está en el recuerdo de todos. Tolerar un cierto deslizamiento de la violencia, por mucho que se califique de baja intensidad, puede ser un error de perspectiva y estratégico.

Así hay que transmitírselo también a los nacionalistas vascos: la violencia como instrumento político para alterar el orden constitucional no es negociable, ni en Cataluña ni en el resto de España.

Salir de este impasse requiere que el PSOE  asuma y actualice su papel histórico en la construcción democrática de  España por la Constitución de 1978. Pedro Sánchez, con un papel muy desdibujado en la crisis Catalana, puede demostrar que tiene una cierta idea de España o ser una vez más en el presente y en el futuro irrelevante.

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