Évole desnuda a Puigdemont

El lunes próximo todos haremos valoraciones de lo que haya sucedido el día 1 de octubre y comenzará el día después. Alcanzado el clímax por los secesionistas, las constantes vitales volverán necesariamente a la normalidad,  y la estrategia de la tensión creciente programada por los actores, decaerá subsumida en el hartazgo de un relato que han propiciado a medio camino entre lo bufo y lo trágico.

La entrevista de Jordi Évole a Puigdemont en La Sexta ha presentado a un personaje inconsistente, cuyas respuestas le situaron en el ridículo y descubrió a los espectadores a un político incapaz de articular un discurso coherente. Cualquier independentismo en el siglo XXI requiere un bagaje intelectual y discursivo, mucho más sólido que el que ofrece el Presidente por accidente de la Generalidad.

Seguramente una gran mayoría de catalanes sintieron el bochorno de comprobar lo lejano que está el Presidente de Cataluña de la culta, industriosa y abierta al mundo sociedad catalana que, sin duda, ha estado y está en la vanguardia de España. Hoy, sin embargo, silente ante el delirio de una travesía sin destino.

Lo trágico es que el tiempo que se ha destinado a este conflicto es un tiempo perdido, sin retorno, que constituye un paréntesis, una vez más, en el proceso de modernización de España, tantas veces saboteado desde sectores reduccionistas y endogámicos.

A partir del  2 de octubre, el Gobierno catalán solo tiene tres alternativas según se deduce de las respuestas y silencios de Puigdemont en la entrevista; 1.Proclamar la independencia de la República de Cataluña desde el balcón renacentista de la Plaza de San Jaime, arropado por chicos de la CUP, mientras Oriol Junqueras le anima a subir al pretil del balcón, y discretamente le empuja para que caiga el vacío. 2. Convocar elecciones autonómicas que se celebrarían en el mes de marzo, en las que el PD de Cat  presentaría otra cabecera de cartel que minimice el control de daños. 3. Sobrevivir en el Gobierno, manteniendo la tensión institucional a la espera de los movimientos en el Congreso de los Diputados, con el objetivo de intensificar y ampliar el frente anti Rajoy.

De momento, en estas semanas no ha habido ni choque de trenes ni crisis de Estado que ha seguido funcionado con normalidad, y en Cataluña sin mayores disfunciones que las gamberradas de los secesionistas con los coches de la Guardia Civil.

El discurso secesionista está tan reiterado y manoseado como el de los agoreros de la tragedia, que pretenden atribuir a Mariano Rajoy una responsabilidad directa en el crecimiento político del independentismo. Una mentira manejada por los secesionistas y propagada por los no alineados que remedian la sedición con el diálogo y la ilegalidad con el compadreo, bajo la premisa de que estamos ante un Estado represor por el hecho de que el Poder Judicial ejerce su función.

El Estado de Derecho está funcionando y avanzando con la consistencia de las estructuras de los diferentes poderes independientes que lo integran. Las resoluciones judiciales del magistrado titular del Juzgado de Instrucción número 13 de Barcelona son evidentemente autónomas, como lo son todas las decisiones judiciales en España desde 1978. Y están sujetas a los recursos y garantías constitucionales que desarrollan las leyes procesales.

Lo que realmente no sabemos es el sistema de garantías de los derechos y libertades que tendrían los catalanes si fuera efectiva la República de Cataluña el 2 de octubre, en una situación de vacío jurídico que nos retrotrae al 18 de Brumario de la revolución francesa, en el que los secesionistas constituirían un Comité de Salvación de la Identidad Nacional que castigaría a los discrepantes.

Indudablemente el momento exige diálogo, no falsificado ni impostado, pero en primer lugar en Cataluña, con el objetivo de trasladar a la ciudadanía un discurso inequívocamente europeísta, que se construye desde una España moderna y avanzada, en la que los catalanes deben aportar sus indudables valores y singularidades.

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