Los Presupuestos al BOE. La moción de censura a la papelera

Sin prisas, pero con seguridad tendremos Presupuestos Generales para 2017, aunque la tramitación se demore hasta final del mes de julio. Con el verano y el calor reinante en Madrid, todos aligeraran el trámite en el Congreso y en el Senado a fin de aprobar las cuentas del Estado en el prólogo de las vacaciones.

No hay mejor manera para lograr acuerdos que buscar complicidades. Las CCAA, el PNV, los funcionarios públicos, los que aspiran a serlo, los empresarios que contratan con el sector público, los sindicatos, los pensionistas, los inversores y los que buscan inversores, y hasta los partidos de la oposición que consideran poco rentable un debate de números, tecnocrático e incomprensible para la mayoría de los ciudadanos, interpretaran sus respectivos papeles y se sentirán aliviados con la publicación en el BOE.

Nadie en la política española va a enterrar el hacha de guerra, pero la estrategia de la oposición pasa por desgastar al Gobierno de Rajoy paulatina y progresivamente, esperando que los casos de corrupción, la Comisión de Investigación del Congreso y los procedimientos judiciales en marcha contrarresten la mejora económica y el apoyo internacional del Presidente.

Todos menos Podemos que va por libre, y a pesar de la teórica formación de su nomenclatura, conocida como “la banda de los 7”, en las Facultades de Ciencias Políticas, se empeña en ratificar todas las semanas que ignoran los mecanismos más elementales de la estrategia y la acción y para conseguir objetivos reales en política.

Ni en Vallecas ni en la Carrera de San Jerónimo van a conseguir que sus mociones de censura reciban más que el reproche y la indiferencia de los demás partidos. A Pablo Iglesias, tan aficionado a regalar libros y series de TV a quienes visita, alguien tendría que enviarle House of Cards, la excelente serie de Netflix, cuya primera temporada se estrenó hace tiempo en Canal plus. La capacidad del congresista Frank Underwood, interpretado por el excelente Kevin Spaecy, para moldear cada momento político a su ambición y sus intereses, le serviría de aprendizaje y de calmante para su histrionismo excesivo.

En un reciente artículo en ABC, Guy Sorman analizaba las elecciones francesas y sostenía la interesante tesis de la ruptura de fronteras ideológicas que en Francia se hacen visibles en el candidato centrista Enmanuel Macron. Los que votan a la derecha consideran a sus representantes poco de derechas y los que votan a la izquierda, a los suyos poco de izquierdas.

El vendaval que ha asolado al Partido Socialista francés y ha radicalizado la respuesta de los sectores más cerrados existencialmente alrededor de Le Pen, que busca votos en la Francia profunda, como preludió Trump en las elecciones de EEUU, le lleva a diferenciar entre propuestas electorales abiertas y cerradas.

En Francia este fin de semana se decidirá entre una sociedad abierta a Europa y al Mundo que se reforma, bajando impuestos, ampliando la edad de jubilación y controlando el exceso del Estado, por tanto con más libertad y una sociedad cerrada que ampara sectores e intereses renuentes a la competencia y a la modernización que se cobijan en el populismo.

La gran ventaja de Francia es que su sistema electoral permite corregir los errores de la primera vuelta.

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