El tiempo y la memoria del ministro

Luis de Guindos ha presentado el libro de memoria política de su paso por el Ministerio de Economía demasiado pronto. Sin duda, ha tenido una experiencia única, la de participar en un Gobierno que ha tenido que estabilizar la economía de este país, tras el crack que se declara formalmente en mayo de 2010 con las medidas adoptadas por el Gobierno de Zapatero, tras el aviso sin paliativos de la UE y de las instituciones financieras internacionales.

Un año después, Zapatero se quitó de en medio y Mariano Rajoy obtuvo una gran mayoría absoluta, apoyada previamente por un excepcional resultado en las elecciones municipales y autonómicas que abrieron en canal al PSOE, provocando una profunda crisis en el partido que había gobernado España en distintas legislaturas durante veintidós años desde 1978.

La política tiene un gran parecido con el teatro y en toda obra que se precie el argumento se estructura en el planteamiento, el nudo o trama, el desenlace y el epilogo que expresa las conclusiones.

El todavía ministro -las memorias siempre huelen a despedida- no ha comprendido que el país sigue económica y políticamente, hoy no es posible disociar una cosa de otra, en el acto del nudo o trama, sin llegar todavía al desenlace ni al epílogo.

Mariano Rajoy, el político español que menos sobreactúa, dicen que estuvo correcto sin más y distante en la presentación. Nadie que le conozca y que conozca las claves de la relación política entre el jefe y los colaboradores en la política española, podría esperar otra cosa. Y más desde el fallido nombramiento de Soria, un lío innecesario en estos momentos en el que, como ese juego de la pirindola que gira sobre sí misma como una peonza, lo que ha salido es el “todos pierden”.

Luis De Guindos ha sido un buen ministro en unos tiempos en los que la economía española hacia aguas y el barco España estuvo a punto zozobrar. Con un perfil tecnocrático, alejado del barro de la política diaria, ha sido el hombre del Gobierno ante la Comisión y las Instituciones financieras internacionales en las que ha recogido sus “sugerencias y recomendaciones” y ha explicado la hoja de ruta de España para restablecer los equilibrios fundamentales financieros y adaptar el modelo económico al cambio de ciclo. No se ha dedicado a predicar en las sedes del PP, a viajar a las provincias ni a participar en las campañas electorales y su distanciamiento de la estructura política ha sido evidente. Unas funciones para las que ni se le había llamado ni probablemente tenga aptitudes.

Si el roce hace cariño y como dice la canción, “como quieres que te quiera si no estás aquí”, el partido y los compañeros de Gobierno han actuado en los momentos difíciles que ha tenido al frente del Ministerio con la misma frialdad y distanciamiento.

Dice Luis De Guindos que con la denuncia de tarjetas de Cajamadrid, “notó balas que pasaban cerca”, confesión bastante ingenua para un personaje que había estado en el callejón en los Gobiernos de Aznar, conociendo la lista de afectados y en plena ebullición de Rato, Blesa y el caso Gürtel. Lo relevante, en cualquier caso, no es el inefable comadreo menor de la política española, sino si el diagnóstico fue el acertado y las medidas adoptadas las adecuadas.

Un Gobierno sin presupuesto real disponible y monitorizado por la Comisión europea, no tenía más margen que hacer lo que hizo. Seguir las recomendaciones de Bruselas, reformas legislativas para ganar competitividad y preparar la regulación en el momento en el que cambiase la situación financiera internacional y capear el temporal.
El debate sin embargo no puede quedar reducido a si el rescate financiero que afectó sustancialmente a las extintas Cajas de Ahorro fue adecuado para evitar el rescate del país. Un rescate financiero que hubiera tenido otra dimensión si no se hubiera impulsado la concentración de Cajas previamente, contaminando las que seguían a flote con las inviables.

La extensión del problema con el riesgo de contaminación y el modelo de nacionalización de las Cajas a través del FROB, predefinido por el Gobierno socialista y el entonces Gobernador del Banco de España Fernández Ordoñez, habían generado una condición previa – no hay que olvidar que Montoro apoyó decididamente la constitución del FROB- tan inamovible que solo quedaba pedir dinero o dejar que alguna Caja quebrase como sucedió en la crisis hipotecaria en EEUU. Lo que no se hizo y además es imposible dada su dependencia de las Comunidades Autónomas tan propensas al victimismo cantonalista.

En definitiva, como dice el aforismo, “tempus riget actum”, y las noticias del momento – el impacto en las cuentas públicas del rescate financiero, el nivel de endeudamiento y hasta la cotización de Bankia en Bolsa – unido al desenlace de las elecciones del 26 de junio, eran el mejor medio ambiente para presentar la memoria del ministro de Economía que seguro tiene, por delante, otra oportunidad para cerrar el libro con un desenlace y un epílogo, hoy todavía por escribir.

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