El ataque a Europa y los idus de marzo

Evidentemente los europeos no comprendemos el terrorismo del Daesh que ha sembrado el terror en unos espacios tan cotidianos en las ciudades para todos como son el aeropuerto y el metro de Bruselas. Y no lo entendemos porque no hay ninguna preparación psicológica para una guerra que ha sido declarado a Europa, sin que los europeos tengan ninguna percepción de estar inmersos en una guerra. Un ataque que es continuidad de los atentados de París el 13 de noviembre de 2015, dirigidos directamente hacia los franceses y el barrio judío, y que ya había entrado en el proceso de arrumbe, de olvido en la memoria, tan eficaz para paliar el sufrimiento y superar el miedo.

Más allá de las condolencias y de las apelaciones a la libertad y a la unidad de los demócratas, es evidente que el Daesh genera un riesgo cierto, con numerosas víctimas indiscriminadas, potencialmente creciente y sin una estrategia de respuesta por los Estados de la UE más allá de la colaboración policial y de los servicios de inteligencia que hay que presumir que comparten información y actúan coordinadamente.

Según los expertos del Centro Europeo contra el Terrorismo integrado en EUROPOL con sede en La Haya, con una finalidad más de coordinación que operativo, y a cuyo frente se encuentra desde enero un militar español, la acción terrorista en el aeropuerto y en el metro de Bruselas no tiene una relación directa con la detención de Salah Abdeslam, ya que la acción exige tiempo de preparación y la complicidad de varios colaboradores.
El riesgo de un nuevo atentado, según las informaciones, había sido advertido hace unos dos meses y hay un cierto mutismo respecto a si estas informaciones se habían acompañado de una mayor actividad y control de la policía belga.

Mateo Renzzi, en sus primeras declaraciones, el primer ministro italiano, ha reclamado una estructura de seguridad y defensa común en Europa, una iniciativa que parece absolutamente necesaria si los gobiernos europeos quieren salir de la rueda de condolencias y apelaciones genéricas y optan por invertir en seguridad para sus ciudadanos. Europa que es un espacio de libertad que ha suprimido fronteras y controles entre los Estados mediante el acuerdo de Schengen, tiene que elaborar y aplicar mecanismos efectivos de identificación y control fronterizo para los europeos en las entradas y salidas fuera del espacio de la UE y para los no europeos en sus movimientos internos dentro de Europa.

En un momento político en el que la presión de los refugiados se incrementa sobre Europa, y el presidente Obama aborda la recta final de su mandato -el pato cojo- con un juicio muy negativo en su política internacional desde amplios sectores de la sociedad americana, se observa un agravamiento y mayor vulnerabilidad de la crisis de la guerra en Siria al espacio europeo.

Los grandes actores, Europa, Estados Unidos y Rusia, no han conseguido definir y acordar una respuesta conjunta y activa contra los centros de poder y comunicación del Daesh que suministra de medios, instrucciones y cobertura ideológica a las células activas en Europa que tienen un campo logístico en Bélgica evidente.

¿Cuánto ha invertido Europa en la seguridad de sus ciudadanos desde la integración efectiva en un modelo que aspira a ser confederal? Cifras mínimas en relación con las políticas de Fondos vinculados al espacio económico, al estar situada la seguridad fuera de los objetivos europeos y residenciada en los Estados miembros, como una competencia no compartida.

Schengen, Europa sin control de fronteras, como un espacio abierto no ha tenido como prioridad establecer y reforzar unas estructuras de seguridad limitadas, en todo caso, a la delincuencia ordinaria. Y los tímidos balbuceos de una política de seguridad y defensa han navegado entre la indiferencia y la irrelevancia con un presupuesto de un 1,5 por ciento del total comunitario.

¿Quién recuerda alguna iniciativa de la británica Catherine Margaret Ashton? Y hoy su sucesora, la italiana Federica Mogherini, Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, nos deja una intervención en la que lo más relevante es que está bañada en lágrimas.

No hay una política necesariamente más concurrente que la de seguridad para garantizar los espacios de libertad que definen el modo de vida europeo, que no puede limitarse a una moneda común y unas reglas de la competencia aderezada con fondos estructurales. Las nuevas amenazas exigen una respuesta nueva, y que no se limite a convertir los grandes centros de comunicación en recintos tan insoportables que la movilidad y los viajes se conviertan en una penalidad.

Se dirá que es muy fácil ser terrorista, viajar por el mundo e inmolarse con una bomba adherida a su cuerpo. No lo creo. Ni tampoco creo que estos atentados ni los de las Torres Gemelas, Londres, París o Bruselas sean el resultado de unos lobos solitarios que han deformado la doctrina del islam.

Hay un conflicto en el orden mundial que se juega en distintos tableros al mismo tiempo: la guerra de las divisas, del mundo financiero, del poder tecnológico y en la cara no visible, el terrorismo que tiene países que lo amparan y centros neurálgicos que procuran medios y difunden consignas.

En medio, los ciudadanos europeos inocentes que no tienen que optar entre menos libertad a cambio de más seguridad, y que tienen derecho a exigir una política europea de seguridad que proteja a los nacionales europeos con medios del siglo XXI.

Los idus de marzo se han manifestado con toda crueldad en España con el accidente de tráfico de Tarragona, que ha golpeado a las universitarias que participaban en el programa europeo Erasmus, y en Bélgica tres días después con el atentando terrorista del aeropuerto y del metro de Bruselas.

¿Nos consolaremos aduciendo que todo es consecuencia de un simple fallo del factor humano y que Europa no requiere elaborar, invertir y aplicar una política integral de seguridad?

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