La maravilla sin huesos

La segunda ronda de las conservaciones del Jefe del Estado con los líderes de los grupos políticos que tienen representación en el Congreso de los Diputados, en la aritmética resultado del 20D, no tiene que dar lugar necesariamente, en un breve plazo, a una propuesta de candidato a la Presidencia del Gobierno, si no hay articulada una mayoría reconocible que manifieste su apoyo a la investidura.

En un escenario de pactos, la estrategia de Pedro Sánchez y Ferraz que estaba asentada sobre una primera sesión “fracasada” de Rajoy -cuántas veces han repetido el verbo “fracasar” en todas sus conjugaciones- se ha caído por su propio peso que era muy poco.

Mariano Rajoy, mal que les pese a sus detractores, ha actuado con una lógica y responsabilidad democrática impecable. Si no tiene en su propio grupo parlamentario una mayoría suficiente, y Podemos y el PSOE hablan ya de reparto en el Gobierno, es improcedente someter al Congreso de los Diputados a un acto político fallido, fútil, innecesario. Y con mayor razón después de la negativa durante este mes de Sánchez a iniciar conversaciones con el Partido Popular.

Algunos dicen que se ha perdido un mes porque no han tenido lugar negociaciones entre los partidos. Aquí todos han jugado al mus y nadie, absolutamente nadie, ha querido de momento enseñar sus cartas. Salvo Pablo Iglesias que ha lanzado un órdago al PSOE y ha puesto a Pedro Sánchez al borde de un precipicio. “Trick or treat” como los niños en Halloween. Un estrategia de agit-propaganda de Podemos en beneficio propio.

Lo importante en este tiempo político excepcional no es perder una legislatura, sino perder el tren de la Historia y retroceder al absurdo del cantonalismo del siglo XIX. Y esta es la gran decisión del socialismo: ser consecuente con la trayectoria y las decisiones tomadas desde 1982 por Felipe González y sus gobiernos. Un país plenamente integrado en Europa, en sus instituciones y de la que es protagonista como un país principal por peso, por población y por Historia.

Que Pablo Iglesias, en su “subidón en La Zarzuela”, asegure que habrá un Ministerio de las plurinacionalidades y que la vicepresidenta Mónica Oltra de Compromís, en declaraciones a la COPE, diga que Valencia “es una Comunidad pobre” y que lo importante es que “los territorios estén en España por su propia decisión”, acredita que el disparate es la seña distintiva de todo ese espacio político que se sitúa bajo el paraguas de Podemos y que manipula los padecimientos de muchos ciudadanos por la larga crisis.

Y el PSOE tiene en su mano abrir la puerta al cantonalismo absurdo, retrógrado y que da la espalda a la modernidad o ser protagonista de la segunda transición para la modernidad con el PP y Ciudadanos. Aceptar la provocación de Podemos y convertirse en la rana nodriza que lleva a su lomo al escorpión para atravesar el río que separa las elecciones del poder o demostrar que quiere seguir siendo coprotagonista del futuro político de la España. Un futuro que tiene su sólida base en la Constitución de 1978 que ha aportado la democracia, la integración en Europa y los mejores años en el último siglo.

La opción de una segunda vuelta, un “ballotage” a la española, no es ninguna irresponsabilidad como afirma Albert Rivera ni tiene un inconveniente porque su resultado sea incierto. Si no hay acuerdo de los constitucionalistas, la celebración de nuevas elecciones pondrá al país, a los ciudadanos, en el centro de la decisión, frente a sus responsabilidades y tendrá que elegir democráticamente entre dos modelos, claramente definidos. El de un país europeo diverso, pero unido que prosigue su modernización o un guirigay plurinacional que frivoliza la política y lo peor de todo engaña a la gente. La solidaridad y la igualdad entre los españoles se romperían en una España que olvidaría su pasado, y colocaría fronteras en los territorios para mantener privilegios.

Los nuevos políticos no son mejores porque lleguen en bicicleta al Congreso, ni más cercanos a la gente que los políticos de la transición y de los últimos años porque vistan vaqueros y deportivas.

Y no deberían caer en la precipitación ni en la impaciencia. La política es un oficio que se aprende y cuando se llega ligero de equipaje intelectual, hay que dedicar tiempo a conocer el Estado, y comprender que el principio de responsabilidad es el que diferencia a un político banal de otro que reconoce el valor y la transcendencia de lo que dice y de lo que hace.

Mariano Rajoy ha demostrado durante años que no se siente atraído por la sobre actuación. Entre un momento de silencio y una vana frase para dar un titular, suele optar por el silencio. Y ha gobernado estos últimos años desde la moderación y desde el espacio de centro, con una política de Gobierno no muy diferente e intercambiable con la que aplican los líderes europeos.

El problema es el acompañamiento de los otros jugadores sentados en la mesa y significativamente de la dirección del PSOE, Sánchez y compañía, empeñados en ser protagonistas del teatro del absurdo.

Cuenta Churchill que sus padres le llevaron cuando era niño a un famoso circo que exhibía rarezas y monstruosidades. La que más deseaba ver era la que se presentaba como “La maravilla sin huesos”. Sus padres consideraron que el espectáculo iba a ser decepcionante y desmoralizador para sus jóvenes ojos. Y añade: “ He tenido que esperar cincuenta años para ver a la maravilla sin huesos - el premier Ramsay Mac Donald- en el banco del Gobierno”. Nuestro Ramsay Mac Donald se llama Pedro Sánchez.

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