La legislatura de los platos chinos

¿Vamos a una legislatura histórica, de cambio de sistema, como declaró el líder de Podemos antes y después del cierre de los colegios electorales o simplemente a una legislatura perdida, “de política italiana sin italianos”, como aventuró Felipe González? ¿O a una segunda vuelta dentro de dos meses, si ningún candidato consigue la investidura?

Mi pronóstico es que, en todo caso, nos dirigimos a una legislatura corta, en la que el procedimiento legislativo se ralentizará significativamente y las reformas que debe hacer el país se arrumbarán en un escenario complejo y artificial, en el que se va a debatir de todo y se va a llegar a muy pocos acuerdos. Entre otras razones, porque los nuevos partidos estarán interesados en sacar al PP de su mayoría y al PSOE de su hegemonía en la izquierda. Y para ello necesitan seguir confrontando la dualidad artificial entre lo nuevo y lo viejo.

Recuerden dentro de algún tiempo que Pablo Iglesias al único partido que ha citado de manera relevante en su primera intervención en la noche electoral es al PSOE y al único líder compartido al que ha nombrado ha sido a Pedro Sánchez, gravemente herido hoy día 20 de diciembre, según el parte de guerra electoral.

Ahora bien, hay algún mecanismo de control relevante al que no se le presta demasiada atención. Si tenemos en cuenta la composición del Senado – en el que hay mayoría absoluta del PP- con la que puede vetar y devolver los proyectos de ley aprobados por el Congreso, si no obtiene la investidura, tendremos una composición política con tanta inestabilidad y equilibrios y contrapesos que la imagen de la política en España va a ser en esta legislatura la de un malabarista que hace girar cinco platos sobre finas cañas de bambú. Sin los presupuestos y sin el BOE no se gobierna.

Los nuevos partidos, ya asentados en el campo de batalla de la política representativa, mantendrán su acoso a los dos grandes partidos tras su entrada en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. Hasta el momento PP y PSOE no se habían dado por aludidos y el aldabonazo de las elecciones autonómicas y municipales del mes de mayo se lo habían tomado muy poco en serio.

Los avisos se han percibido con tanta ligereza, sobre todo por el PSOE que absurdamente se ha convertido en el acelerador y propulsor de Podemos con sus pactos de gobernabilidad en Madrid, Cataluña y Valencia. Con ello ha desactivado el mantra de radicalidad de quien compite en su espacio político que ha transmutado su mensaje radical en una perestroika socialdemócrata. Ya han borrado del mapa a Venezuela y el discurso duro y leninista de Pablo Iglesias se queda simplemente en el recuerdo de los videos de Youtube.

En una campaña en la que la reflexión y el sentimiento de pertenencia a Europa y los grandes debates han estado ausentes y en la que los lideres se sinceraban en la casa de Bertín Osborne y en el programa de Ana Rosa Quintana, el resultado no debe provocar ninguna sorpresa.

El PP ha dilapidado la mayoría absoluta obtenida hace cuatro años, sobre la base de no explicar su política de reformas y agredir innecesariamente a su electorado. En este apartado hay que descartar la encomiable constancia del ministro de Hacienda.

La reacción de Mariano Rajoy ha sido voluntariosa pero tardía, en su intento de paliar el natural desgaste del Gobierno. Conviene en todo caso recordar que salvo Cameron, los dirigentes que han gestionado la crisis perdieron las elecciones como sucedió en Francia con Sarkozy y en Italia con Mario Monti.

El PP al menos ha mantenido un suelo electoral que le hace ser el primer partido en España, lo que no es poco. Y siguiendo el razonamiento de Rajoy, la caída ha sido muy dura con la pérdida de una tercera parte de los diputados del Congreso, pero hay un electorado fidelizado que permite aventurar una recuperación si se acierta con la estrategia, las reformas y las personas adecuadas para ponerlas en práctica.

No hay que eludir los malos resultados, sino analizar los errores y actuar consecuentemente, modernizando comportamientos y sistemas internos, lo que significa que no basta con poner algunas caras nuevas ante la opinión pública.

Lo de Pedro Sánchez ha sido una catástrofe. El PSOE no frena su caída estando en la oposición. Y los resultados en algunas circunscripciones como la de Madrid, en la que queda en cuarto lugar es muy preocupante. Los cuchillos largos han reflejado la tibia luz de una noche de diciembre en la calle Ferraz.

Tras la celebración de la Navidad, todos empezaran a moverse para tomar posiciones en el puzle del Congreso. Veremos si encajan algunas piezas o hay que barajar y repartir nuevamente cartas. Lo que tampoco es muy grave.
¿No hay que darles la voz siempre a los ciudadanos que son los sujetos y titulares de la democracia?

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