El marasmo del debate final

A la campaña electoral le quedan 96 horas desde las cero horas del martes 15 de diciembre, tras el ultimo debate de cierre entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez.

Un debate en el que el líder socialista tenía que agotar sus últimos cartuchos, no para quitarle votos a Mariano Rajoy, sino para recuperar los que ha perdido por su izquierda con Pablo Iglesias y por el centro con Albert Rivera.

Para la desesperación de Ferraz, el líder socialista más identificable generacionalmente que Rajoy con Iglesias y Rivera, ha estado atrapado durante toda la campaña en la confrontación entre lo viejo y lo nuevo que los partidos emergentes han manejado intensa e inteligentemente.

Abierta la brecha de la demanda del cambio, los socialistas se han movido torpemente atrapados en el pantano del fracaso de Zapatero ante la crisis – una fuga sin tocata- y de la atribución de un tanto de culpa no menor en los casos de corrupción de los que no se han zafado.

Si además se adereza su campaña con unos mensajes muy poco innovadores, su obsesión con derogar todas las reformas del Gobierno y desandar el camino recorrido con frases nada afortunadas dedicadas a sus competidores, el resultado es una catástrofe electoral si ni siquiera repite el resultado que obtuvo Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011.

Y es una mala noticia para España, porque un PSOE fuerte y respaldado por los electores del centro izquierda es una garantía de estabilidad y un interlocutor acreditado en la Unión Europea con los demás Partidos socialistas.

El escenario de las ultimas encuestas refleja un aritmética muy complicada para la futura gobernabilidad del país. Un Congreso de los Diputados que sustituye las mayorías absolutas o no, pero definidas, por la imagen de una silla de cuatro patas próximas pero desiguales que genera el efecto físico natural de la inestabilidad.

Los partidos emergentes, con un recorrido muy rápido en un breve tiempo, han manejado el concepto de cambio de modelo que ,sin duda, está presente en el electorado que ha padecido una profunda y larga crisis huerfanos de una narrativa desde los grandes partidos.

El PP no la ha elaborado, porque el Gobierno ha estado dedicado a apuntalar el país y a tapar los boquetes financieros con el agravante de que el partido desde la calle Génova no ha sabido cubrir los flancos que deja la acción de gobierno ni tomar la iniciativa de encauzar la reforma institucional de la política que se demandaba desde la calle. Y el PSOE porque ha minusvalorado a los nuevos partidos que han sacado la oposición de la Carrera de San Jerónimo y la han llevado a los platós televisivos después de la sucesión fallida en la dirección federal del partido de Pérez Rubalcaba.

Y Pedro Sánchez se dirige directamente a la segunda debacle electoral del PSOE tras los Gobiernos de Zapatero. Lo que parecía imposible, la catástrofe de bajar de los 110 escaños del 2011, se anticipa por las encuestas para el día 20 de diciembre.

En el debate se ha vuelto a equivocar. Agresivo, interrumpiendo constantemente, con una superficialidad pasmosa que se envuelve en un discurso impostado y en una actitud gestual un tanto chulesca, el líder socialista ha recitado un mal guión como un mediano actor.

Un marasmo de “yo propongo” y un debate que el líder del PSOE ha querido convertir en esas peleas en el barro que alguna vez recogen las televisiones como atracciones de feria.

Si los debates hasta ahora no han alterado los cupos de los magmas electorales, el debate final solo ha servido para remover, veremos en qué medida, el voto abstencionista a favor de los partidos emergentes, lo que favorece también al PP ya que estando su suelo en el entorno del 30 por ciento, la diversificación del voto restante en tres partidos muy próximos en porcentaje determina que el primero en votos obtenga una prima adicional de escaños.
Rajoy que tiene una experiencia acreditada y que nadie ha puesto en duda su honradez personal, ha sido más que paciente ante un Sánchez superficial, agresivo y faltón que recita un glosario de eslóganes que por su indefinición suena a publicidad e incumplimientos.

Los ciudadanos son lo suficientemente perspicaces para diagnosticar los problemas del país. Se esperaban más del debate y a lo mejor realmente el bipartidismo ha muerto.

Pedro Sánchez le ha dado el empujón final.

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