Quieren robar Cataluña

La campaña electoral autonómica en Cataluña encara sus últimas horas. Una campaña electoral de unas elecciones exclusiva y formalmente autonómicas que los independentistas han conseguido convertir en un remedo de plebiscito.

No se han debatido programas, proyectos, inversiones ni ideas de cómo construir una Cataluña mejor. La campaña, conscientemente reducida y limitada por los independistas, ha sido un compas binario entre la candidatura “Junts per el sí “que se ha inventado un proceso secesionista a modo de descolonización sin acto de guerra y los demás partidos, PP, PSOE y Ciudadanos que defienden la legalidad constitucional.

En el debate, hemos pasado de las grandes objeciones derivadas del no reconocimiento por la UE a Cataluña como Estado integrante de las estructuras jurídicas y políticas de la Unión -“se tendría que poner a la cola, como otros Estados que solicitan su incorporación”- a las consecuencias concretas e inmediatas para los ciudadanos catalanes.

La entrevista de Carlos Alsina en Onda Cero a Mariano Rajoy y la pregunta de si los catalanes perderían la nacionalidad española – tras la respuesta del Presidente del Gobierno a modo de adivinanza gallega, ¿Y la europea?- ha provocado unas respuestas improvisadas y poco fundadas.

En primer lugar, los españoles y los catalanes- es decir, los nacidos en Cataluña lo son en este momento y lo serán después del domingo 27 de septiembre- solo pierden su nacionalidad de acuerdo con lo establecido en el Código Civil que regula la materia en su Libro Primero, De las personas, Título Primero, De los españoles y los extranjeros, artículos 17 a 28.

El Código Civil distingue entre la pérdida de la nacionalidad de los españoles que la hubieran adquirido originariamente y la pérdida de la nacionalidad de los españoles que no lo sean de origen. Por tanto, siendo todos los catalanes hasta la improbable fecha de la supuesta independencia españoles de origen, solo perderán su nacionalidad los que “residiendo habitualmente en el extranjero, adquieran voluntariamente otra nacionalidad…La pérdida se producirá una vez que transcurran tres años, a contar, respectivamente, desde la adquisición de la nacionalidad extranjera o desde la emancipación. No obstante, los interesados podrán evitar la pérdida si dentro del plazo indicado declaran su voluntad de conservar la nacionalidad española al encargado del Registro Civil.”
También perderán la nacionalidad española “los españoles emancipados que renuncien expresamente a ella, si tienen otra nacionalidad y residen habitualmente en el extranjero.”

Finalmente, los hijos de padre o madre española que nazcan en la hipotética Cataluña independiente y residan en su territorio, solo perderían la nacionalidad española si las Leyes de este hipotético Estado les atribuyen su nacionalidad y no declaran su voluntad de conservar la española dentro de los tres años siguientes a su mayoría de edad o emancipación.

Por tanto, al día siguiente de la hipotética declaración de independencia tendríamos un Estado singular en el que, con seguridad, la mayoría de sus ciudadanos serían españoles residentes en el extranjero, suponiendo que los catalanes independentistas renunciasen expresa e inmediatamente a su nacionalidad española.

Esta kafkiana situación tendría una evidente consecuencia política en las elecciones para elegir a los representantes parlamentarios del Estado hipotético de Cataluña. Como sucede en todos los Estados, solo tendrían derecho de voto los ciudadanos de nacionalidad catalana, lo que excluiría a la mayoría de la población del ejercicio del derecho de voto democrático. A los extranjeros residentes solo se les reconoce derecho de voto en las elecciones locales, conforme al principio de reciprocidad y ello si las Leyes del hipotético Estado así lo regulan.
Toda esta situación que es el máximo exponente del absurdo político, sin el interés cultural del teatro de Ionesco, Beckett o Arrabal o la comicidad de Buster Keaton, Charles Chaplin y la genial pareja Oliver y Hardy, ha convertido las elecciones catalanas en un opereta bufa en la que Artur Mas y sus escuderos Romeva y Junqueras han demostrado su profundo desprecio en primer a sus conciudadanos.

El episodio del presidente Mas haciendo el indio y repicado por Pablo Iglesias sintetiza la banalidad en que se ha convertido la política para algunos de sus protagonistas.

Los protagonistas independentistas han interpretado un opereta bufa, con un argumento que hubiera servido al genial Jardiel Poncela para escribir una segunda versión de Carlo Monte en Monte Carlo.

Si tuviera alguna razón o fundamento para estimar que la pretensión independentista tiene alguna opción de convertirse en realidad, sería muy sencillo enumerar la retahíla de consecuencias y afectaciones lamentables en la vida diaria de los ciudadanos, sin necesidad de acudir a las grandes referencias europeas, a la estructura de la defensa o la viabilidad financiera del nuevo Estado.

La propuesta independentista es simplemente un disparate, histórico, jurídico, social, económico y político. Pero un disparate por el que unos pocos quieren raptar a Cataluña, quedarse con Cataluña y robar Cataluña a España.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *