El reto del 27-S

La capacidad de Artur Mas para complicarse y generar dificultades a todo el país, el español y el catalán, parece ser inagotable. El marco que está elaborando, acuerdo con ERC, lista de camuflaje para los políticos de partido, desnaturalización de las elecciones bajo el pomposo título de plebiscitario, son un ejemplo de cómo el disparate puede convertirse en una categoría política.

Ni Artur Mas ni Oriol Junqueras tienen respuesta para el día después del 27 de septiembre. Lo único que se pretende es ejercer presión sobre el Estado, argumentando que el pueblo de Cataluña puede ejercer por sí mismo la autodeterminación, declarándose Estado independiente.

Un absurdo político y jurídico sin precedentes en el mundo occidental y más propio de una colonia que se rebela frente a la metrópoli. Nada más alejado de la realidad, del recorrido histórico de Cataluña como parte integrante de la Corona de Aragón y sobre todo del presente y del futuro en el que se está construyendo y fortaleciendo una Europa que camina hacia la unión más que hacia la segregación.

Las señas de identidad y los vínculos que tejen y entrecruzan las relaciones personales y existenciales entre los ciudadanos que viven en Cataluña y el resto de España tienen tal fuerza que resulta impensable que un interés tan limitado, tan pueril y al mismo tiempo tan irracional como la independencia, sea capaz si no de romper, sí al menos de poner en riesgo nuestra convivencia.

Paseando por las calles de Barcelona se percibe tal grado de multiculturalidad y, al mismo tiempo, tantas señas de identidad de lo más tradicional español y catalán que, sin duda, los argumentos de la razón y del corazón se imponen sobre una pretensión política tan reduccionista.

En otro artículo he mantenido que Artur Mas y Tsipras son dos personajes políticos con una gran identidad, como las dos caras del Dios Jano. Dos caras de una misma moneda, el nacionalismo, capaz de unir bajo su cúpula a ideologías tan divergentes como Convergencia y ERC. O de agrupar en Grecia a la extrema izquierda con los neo nazis de Amanecer Dorado.

No hay nada tan falso como situar una ensoñación en la línea del horizonte para convertirse en guía de un pueblo que quiere buscar, en esa fina e inaprensible línea, la solución de sus problemas cotidianos, reales y concretos.
Cataluña, según los independentistas, se convertirá así en una Atlántida que habita más allá de las columnas de Hércules, de las cadenas de España, como una civilización que ha encontrado la felicidad, rompiendo consigo misma.

No hay nada más narcótico en la política que fijar objetivos inalcanzables y situados en la bruma del romanticismo – el nacionalismo es una derivación del romanticismo – para obviar y negar la realidad inaplazable que es tan próxima y predecible. Un comportamiento y una estrategia que ha provocado graves consecuencias en otros tiempos y, sobre todo, que anula y constriñe la libertad.

La respuesta de Rajoy, como no podía ser de otra manera, es firme. Ni las elecciones son plebiscitarias sino autonómicas, ni el Estado permanecerá inerte ante una declaración unilateral de independencia el día después del 27-S.

El Estado de Derecho tiene un conjunto de respuestas con distinta intensidad y grado si el ticket Mas-Junqueras, camuflados en una lista de presuntos notables de la sociedad, deciden seguir con la deriva de una Cataluña más próxima a un mix entre Andorra y los Balcanes que a la construcción, con todas las dificultades que se quiera pero con total determinación, de una Europa unida.

La crisis griega, el retorno a la razón y la salida del laberinto del minotauro Varufakis, tiene el valor de ensayo de laboratorio a la vista de todo el público, también para los catalanes.

Una experiencia que el líder de ERC, Oriol Junqueras, en declaraciones a Onda Cero intenta desactivar cuando dice que “las políticas sociales con las estructuras que hay hoy en Cataluña son imposibles de atender”.
Una solemne mentira en una Comunidad cuyos gobiernos, entre ellos en los que han participado ERC, han acumulado a en Cataluña al mayor endeudamiento de todas las Comunidades, han intensificado la presión fiscal y ha doblado el objetivo de déficit que tenía marcado para 2014.

Pero no basta solamente con las advertencias del presiente Rajoy y con ejercer la responsabilidad que tiene encomendada el Gobierno en el marco constitucional. Es necesario articular una respuesta política ante la estación término que se pretende situar en septiembre. Una respuesta coordinada con los partidos políticos constitucionalistas, porque es una evidencia que el PP de Cataluña no ha ejercido una oposición eficaz ni ha conectado con la realidad social. Las encuestas avisan de un descalabro mayúsculo que muchos advertían desde hace tiempo.

La contaminación independentista circula por Cataluña con una gran facilidad y dosis acumuladas de demagogia.
El último ejemplo es la foto de los candidatos a la presidencia del Barcelona FC, convertida en un acto político a favor de la independencia. Un absurdo para un club que es una marca internacional y que disfruta del carácter transversal del deporte.

Pero el temor y la falta de personalidad de los concurrentes se impusieron a la libertad de criterio.
Los nacionalismos siempre han pretendido ahogar y laminar a los discrepantes.

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