Los pitos y las palmas

Continúa la polémica sobre la respuesta que debe darse a los pitos al himno nacional en la final de la Copa de España de fútbol  Copa del Rey- que se jugó en Barcelona.

La Comisión antiviolencia, después de una larga reunión, no ha resuelto más que abrir un expediente informativo que languidecerá seguramente con el paso del tiempo.

La pitada, preparada y orquestada desde el momento en que Barcelona y Athletic de Bilbao llegaron a la final, pretende utilizar el deporte y nada mejor que el futbol, como plataforma para la contestación política y altavoz de los nacionalistas. Los clubes que participaron no tienen, sin embargo, ninguna reserva en estar integrados en la Federación Española y en la Liga de Futbol Profesional de España, lo que refleja una cierta contradicción freudiana. Es como si los hermanos de la Macarena se dedicasen a pitar su marcha procesional.

El organizador del partido es la Federación Española de Fútbol y a ella le corresponde garantizar y responder que la celebración del partido, al que asiste el Jefe del Estado, cumple los principios básicos de protocolo que están establecidos en el Real Decreto 2099/83, de 4 de agosto, por el que se aprueba el Ordenamiento General de Precedencias en el Estado y en el ámbito militar, por el Real Decreto 684/2010, de 20 de mayo, por el que se aprueba el Reglamento de Honores Militares.

El Gobierno, por tanto, puede aprobar y modificar estas normas para llenar los vacíos jurídicos que se observan en los acontecimientos deportivos en los que tenga lugar la presencia de las primeras autoridades. En el caso de la final, la asistencia del Rey simbolizaba al Estado que ampara, promueve y cobija al deporte del fútbol aficionado y profesional, proveyendo un conjunto de beneficios que repercuten y favorecen económicamente a los clubes y a los ingresos y primas de sus jugadores.

Por ello, esta actitud de los aficionados que se reproduce ante la indiferencia y el estado de atonía de la Federación y de Barcelona y Athletic de Bilbao, cuyos dirigentes se encojen de hombros, tiene que tener una respuesta en el ámbito deportivo. Sobre todo si se concibe el deporte no solo como un gran espectáculo, sino también como una plataforma de difusión de valores o al menos de criterios básicos de convivencia democrática: respeto, no racismo, no violencia.

E indudablemente, si ni siquiera se respeta a un símbolo del Estado al que se pertenece, cómo se va a respetar al otro competidor y a sus aficionados.

El Consejo Superior de Deportes que tiene competencias en los acontecimientos deportivos en que hay presencia internacional de España y que indudablemente también debe ser vinculante su opinión en cuanto a la decisión de la ciudad sede, tiene que elaborar una normativa que establezca las obligaciones básicas que debe cumplir la Federación y trasladarle que el régimen sancionador deportivo debe también contemplar estas situaciones de igual manera que cuando se arrojan objetos o se invade el campo.

Si las acciones de los aficionados recaen sobre sus clubes, las sanciones deben recaer sobre ellos. Si se les cierra el estadio en la próxima competición cuando se crucen con equipos de su misma categoría, las aficiones empezaran a mejorar su formación democrática básica.

La democracia no exige que los nacionalistas se pongan la manos en el pecho mientras suena el himno. Como tampoco avala que los que no son nacionalistas se dediquen a silbar els segadors o el aurresku. La democracia es convivir en discrepancia y a nadie se le imponen los sentimientos del otro, pero el Estado organiza la convivencia y establece los comportamientos mínimos. Y ningún Estado puede permitirse hacer el ridículo.

En todo caso, de aquellos polvos, vienen estos lodos. La Federación Española de Futbol viene haciendo lo que le da la real gana desde hace tiempo. En el Gobierno de Zapatero, la ministra de Educación, Mercedes Cabrera, aprobó una normativa electoral para todas las Federaciones. En 2011, recién llegado el Gobierno de Rajoy, la Federación Española incumplió la regulación ante el pasmo del secretario de Estado, Cardenal y del ministro Wert.
Ahora quieren auditar sus cuentas, lo que parece lógico dado que ejercen por delegación funciones públicas. Y tararí que te vi.

Lo mismo sucede con la Federación de Tenis que practica el escaqueo a cualquier control y ha conseguido enfrentarse a todos nuestros primeros jugadores.

Y esto se acaba el día en que se residencie una parte fundamental de la democracia electoral en los aficionados.
¿Pero quién mantiene el futbol, el tenis y los demás deportes? ¿Los aficionados o como dice Podemos, la gente o la casta?

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