Economía y política: mundos divergentes

La economía y la política son dos realidades que se mueven por mundos diferentes. Los primeros datos de este año 2015 plagado de convocatorias electorales, una por trimestre, constatan los datos positivos de nuestra economía.

Un crecimiento económico que puede llegar al 2,8 por ciento del PIB, según el Banco de España; un 20 por ciento más de hipotecas concedidas; el constante crecimientos de la inversión extranjera con una consolidación de la recuperación del flujo neto que corrigió la tendencia ya en el año 2013; los datos avanzados de los beneficios de las empresas del IBEX; las compras en el exterior de empresas españolas, como Telefónica que amplía su inversión en Brasil y Banco de Sabadell en su desembarco en el Reino Unido y la prima de riesgo estabilizada en la banda de los 110 a 100 puntos básicos.

No son todos los datos positivos, pero si una representación suficiente del estado de mejora constante de la economía española que ha salido del túnel en el que entró en el año 2010 y en el que ha vivido los últimos cuatro años.

Mariano Rajoy puede estar legítimamente satisfecho y así lo refleja su lenguaje gestual de haber aguantado el rumbo, enderezado la deriva y recuperar un ritmo de navegación creciente y sostenido.

Es una evidencia la consolidación de la recuperación y también que los efectos de la durísima devaluación que hemos sufrido han dejado numerosos daños entre los ciudadanos, trabajadores, empresarios y profesionales. También hay una convicción general que no deben repetirse los errores que llevaron a España a acentuar los efectos de la tempestad financiera que se inicio con las hipotecas sub prime en EEUU.

Sin embargo, desde numerosos sectores de la opinión pública no ha cejado el ajuste de cuentas que se quiere aplicar al Gobierno de Rajoy y que ha tenido su primer acto en las elecciones andaluzas. Es indudable que esto es la política y un gobierno tiene que saber que desde el primer día le van a negar los aciertos, si los tiene y le van a amplificar sus errores y omisiones constantemente.

El juego de la política se basa más en la deformación que en la realidad, en la impostura que en la sobriedad y en la exageración que en la realidad. Un modo de hacer política que en nuestro país se ejerce con especial dedicación en estos últimos años, empeñados algunos en presentarnos diarios de la crisis reflejados en historia personales que se elevan a la condición de categoría. Un día es la pobreza infantil, otros los desahucios, otros la no atención a determinados tratamientos o la ausencia de calefacción en las aulas. Y de la misma manera en que se publican, desaparecen sin dejar huella ni continuidad. Como sucedió con la crisis del ébola. Hoy toda noticia provoca una alarma social.

Desde otro ángulo, el tratamiento que ha dado Francia al terrible homicidio colectivo del vuelo de Germanwings es un ejemplo del funcionamiento solido y sobrio del Estado que asume su papel sin complejos y su responsabilidad, empezando por la normalidad de la competencia del fiscal de Marsella como responsable de la investigación judicial que debería servir para encauzar y corregir aquí en España los excesos de la Audiencia Nacional, que se desliza por la pasarela mediática con una intensidad que desmerece el contenido sustantivo de la aplicación del Derecho.

Es indudable que el Gobierno de Rajoy tiene todos los instrumentos políticos para articular una comunicación fluida y eficaz. Y su segunda obligación, después de gobernar, es el de comunicar su acción política, deshacer entuertos, desmentir informaciones falsas y volcar datos y constatar realidades que refuten las deformaciones interesadas. Y si no lo hace bien es porque o no quiere o porque no sabe.

El calendario electoral no favorece al Gobierno, circunstancia que también era conocida hace tiempo. La cuestión es si en este ambiente de desgaste acentuado, de final de legislatura canalla, va a continuar hasta las elecciones generales o se va a detener en las municipales y los ciudadanos van a mirar a los candidatos a alcaldes, comparar sus trayectorias y decidir según lo hecho, sin dejarse embaucar ni en ajuste de cuentas ni en cantos de sirena que al final recaen sobre sus propios hombros.

El día después de Andalucía empieza a poner las piezas en su lugar. Juanma Moreno ha tomado la decisión consecuente con la propuesta presentada por el PP de elegir Alcalde, en caso de no mayoría absoluta al que encabece la lista más votada. Si todos respetamos la lista más votada, todos debemos aplicar este criterio en las elecciones por venir. Y el PSOE de Andalucía debe retratarse y firmar un acuerdo que tendría el valor de fijar un principio de acuerdo para la reforma de la Ley electoral.

Una reforma que Ciudadanos o Albert Rivera han tomado como bandera de su programa y que ahora se olvida y se camufla bajo la condición de vincular el apoyo a Susana Díaz, realmente es su abstención en la investidura, a la renuncia “forzada” a sus actas de parlamentarios nacionales de Chaves y Griñán.
¿Nos quiere hacer creer Albert Rivera que la salida de ambos ex presidentes es el Jordán en el que lava sus pecados el Gobierno de la Junta? Si esta es la puerta de entrada de Ciudadanos en el Parlamento andaluz, mal empezamos.

Ciudadanos debería haber presentado un panel de medidas mínimas, de contenido estructural, para vincular su abstención. No un programa de gobierno que eso es un gobierno de coalición, sino medidas en el Parlamento, las comisiones de investigación, la RTV andaluza, la función pública y las empresas públicas que garanticen las condiciones básicas políticas y un tiempo nuevo en las formas de la Junta de Andalucía.

Esperemos que Ciudadanos madure rápidamente. El ejemplo de UPyD es un precedente de cómo un inicio exitoso puede convertirse en poco tiempo en un partido fallido.

Que Podemos y CIA. ponga en Andalucía la misma condición que Ciudadanos es un mal precedente para Albert Rivera. La explicación de Teresa Rodríguez es que esta condición “está en la calle”.
Ya se sabe. La gente, la calle, el campo, la playa y la casta.

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